Cesare Pavese. El bello verano.
Adoro el verano aunque deteste el calor, esta canícula que trastorna a más de uno y a los de sueño ligero nos impide roncar a pierna suelta. Adoro este sol de la infancia que a su paso arranca destellos, zarpazos de oro. Adoro este cielo diáfano –las nubes también se largan de vacaciones– que nos barniza con su luz diamantina y le confiere a todo un aspecto rutilante, novedoso, la promesa de algo bueno. Adoro estas tardes inmóviles, como fotografías suspendidas en el tiempo, que se deslizan hacia la noche con la cadencia de una pelota, postergando el momento en el que ésta llega y nos arrulla con su bisbiseo de quimeras. La memoria ardiendo en llamas.
Tengo la casa manga por hombro, hecha un maremágnum, como si hubiera sido asaltada por una manada de compradoras compulsivas en el día de las rebajas. Aquí sólo hay libros y ácaros, y no creo que les interese demasiado semejante mercancía. La razón de este caos doméstico es la siguiente: preparo los bártulos para marcharme. A Admorum, claro, dónde si no. Islote jiennense, recóndito para la mirada del viajero, quizá por estar rodeado por un vasto mar de olivos.
Hacer el equipaje para tanto tiempo no es fácil. La ropa es lo de menos –siempre llevo traje negro y camisa blanca–, pero la selección de lecturas me preocupa. Las siestas son muy largas y este año me he propuesto escalar grandes alturas literarias, subir a la cima de algunos novelones que leí hace tiempo –Suave es la noche, Anna Karenina, El ángel que nos mira– y de otros que están aún por explorar –Las correcciones, Los detectives salvajes–. A ver si lo consigo. También tengo que incluir algunos libros que me hayan gustado para llevárselos a mi amigo Solutor Pellitero; él apenas compra desde que a mí me los mandan.
–¿Para qué? Si sólo me los leo una vez y además mis nietos odian la lectura. Están todo el día pegados a la videoconsola –me dice.
No le falta razón, desde luego, pero yo sí necesito acumular grandes cantidades de libros por algo que ya confesé aquí...
En menos de una hora llegará mi hija para recogerme y llevarme al pueblo. Aparcar en el centro de Madrid es tarea para titanes y cuando ella toque al timbre tengo que estar preparado. Como el tiempo acucia y aún me quedan varias cosas por hacer, sin más demora paso a citarte unos cuantos títulos.
Tengo la casa manga por hombro, hecha un maremágnum, como si hubiera sido asaltada por una manada de compradoras compulsivas en el día de las rebajas. Aquí sólo hay libros y ácaros, y no creo que les interese demasiado semejante mercancía. La razón de este caos doméstico es la siguiente: preparo los bártulos para marcharme. A Admorum, claro, dónde si no. Islote jiennense, recóndito para la mirada del viajero, quizá por estar rodeado por un vasto mar de olivos.
Hacer el equipaje para tanto tiempo no es fácil. La ropa es lo de menos –siempre llevo traje negro y camisa blanca–, pero la selección de lecturas me preocupa. Las siestas son muy largas y este año me he propuesto escalar grandes alturas literarias, subir a la cima de algunos novelones que leí hace tiempo –Suave es la noche, Anna Karenina, El ángel que nos mira– y de otros que están aún por explorar –Las correcciones, Los detectives salvajes–. A ver si lo consigo. También tengo que incluir algunos libros que me hayan gustado para llevárselos a mi amigo Solutor Pellitero; él apenas compra desde que a mí me los mandan.
–¿Para qué? Si sólo me los leo una vez y además mis nietos odian la lectura. Están todo el día pegados a la videoconsola –me dice.
No le falta razón, desde luego, pero yo sí necesito acumular grandes cantidades de libros por algo que ya confesé aquí...
En menos de una hora llegará mi hija para recogerme y llevarme al pueblo. Aparcar en el centro de Madrid es tarea para titanes y cuando ella toque al timbre tengo que estar preparado. Como el tiempo acucia y aún me quedan varias cosas por hacer, sin más demora paso a citarte unos cuantos títulos.
Antes de nada quiero darle la enhorabuena a Nocturna, preciosa y jovencísima editorial, por traducir al castellano por primera vez una de las mejores y más exitosas novelas de Dickens, La tienda de antigüedades, la conmovedora y divertida historia de un abuelo y su nieta, y su particular periplo a través de una Inglaterra ennegrecida por el hollín de la pobreza. 700 páginas que no se leen, se devoran. Recomendables para cualquier lector.
Tampoco debes perderte Sábado por la noche y domingo por la mañana (Impedimenta) de Allan Sillitoe, autor británico muy célebre por su libro de relatos La soledad del corredor de fondo, adaptados al cine por Tony Richardson. Sábado nos cuenta la historia de Arthur Seaton, joven de 22 años, empleado en una fábrica de bicicletas, cuyo único deseo está en que llegue el fin de semana para trasegar alcohol hasta caer redondo. Excelente novela realista, desgarradora, testimonio de una época y de una clase social.
Salvo honrosas excepciones como Desgracia o La edad de hierro (me cuentan que Esperando a los bárbaros tampoco está nada mal) la obra literaria de J.M. Coetzee es bastante plúmbea. Sin embargo, gracias a Verano, una suerte de autobiografía novelada, me he vuelto a reconciliar con él. Tercera entrega de sus memorias, después de Infancia y Juventud, nos encontramos ante una obra original y cargada de talento, melancólica, de fino sentido del humor. Una verdadera delicia como también lo es Aquella mitad de mi tiempo de Javier Marías –uno de mis novelistas favoritos–, selección de algunos de los artículos más personales y autobiográficos del autor, acompañados por una larga entrevista y unas cuantas fotos. Ambos títulos se encuentran en Debolsillo.
La prosa de Belén Gopegui es un prodigio de sensibilidad e inteligencia. No todas sus novelas terminan de convencerme –un exceso de ideología lastra el ritmo de la narración–, pero siempre se arriesga buscando nuevos caminos, manteniendo con firmeza un discurso político con el que pocas veces coincido aunque reconozca la honestidad con que la autora lo defiende. Con Acceso no autorizado (Mondadori), trepidante thriller político protagonizado por una vicepresidenta (trasunto de María Teresa Fernández de la Vega) y un hacker que consigue introducirse en su ordenador para pedirle ayuda, Gopegui vuelve a demostrarnos sus dotes de gran narradora.
En Tusquets aparece el último libro de Fernando Aramburu, El vigilante del fiordo, conjunto de ocho cuentos en donde destacan Chavales con gorra y el relato que da título al volumen. Aramburu indaga en los mecanismos psicológicos del miedo y nos regala una obra emocionante, casi a la altura magistral de Los peces de la amargura, su anterior libro de cuentos y uno de los mejores y más valientes que jamás haya leído.
Bernard Malamud es uno de los grandes narradores que ha dado la literatura norteamericana. Admirado por Saul Bellow o Philip Roth, sus historias tienen el marchamo de la proverbial inteligencia judía. Las vidas de Dubín (Sajalín) relatan las andanzas de un biógrafo que sólo es capaz de comprender su propia vida investigando y escribiendo sobre las de los demás. Publicada en España hará unos veinte años, esta espléndida edición nos ofrece una nueva traducción completa, no mutilada. Tampoco olvides internarte en sus Cuentos reunidos (El Aleph), delicioso conjunto de historias remachadas por un humor trágico, cuyo cuento Una tumba pérdida me sé casi de memoria.
Quedan algunos libros pendientes pero esos ya los dejo para septiembre. Pasa el mejor verano posible y que los hados te sean propicios. Recibe un fuerte abrazo de tu colega y amigo,
T.R.
Temístocles Roncero.
Junio, 2011.
Artículo publicado en la revista Otro Lunes.
Y, en el mismo número, una entrevista a Irene Jiménez.
8 comentarios:
Francisca Amador
Para mi también los veranos eran una fiesta. Me has hecho volver al bulevar de mi niñez, en Argüelles,Temístocles, lleno de acacias, niños, y algún botijo a la sombra. Gracias. Feliz verano para ti en el mar de olivos.
Gracias a ti, Francisca.
Pasad vosotros también un feliz verano.
Abrazos.
Allí el verano y en tu blog un cálido recibimiento de abecedarios bien conjugados que invitan a volver.
Un fuerte abrazo, he disfrutado mi estadía aquí en esta tarde.
Anna Francisca
Gracias, Tuti.
Bienvenida a este cuaderno y un fuerte abrazo para ti también.
Otro libro para leer en verano es Fiesta, de Hemingway, aunque ya no es ninguna novedad para nadie. ;)
Muy bueno el artículo de Temistocles.
Abrazos.
Siempre es una delicia volver a impregnarse por la vitalidad melancólica de "Fiesta", para mí lo mejor de Hemingway junto con "Adiós a las armas" y "París era una fiesta".
Abrazote,
L.
Iba a leer algo que había publicado hoy, pero no aparece. ¿Se ha borrado su entrada?
Jorge
Está pendiente de publicación, Jorge, el artículo está escrito para el último número de Otro Lunes y hasta que éste no salga la semana que viene no debo colgarlo.
Muchas gracias por su interés.
Un saludo cordial.
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