lunes 9 de mayo de 2011

LOS LIBROS Y LOS DÍAS (XII)

No saber más de mí mismo es algo triste.
Luis Cernuda.

No hará ni un mes (o quizá sí, vete a saber, hace demasiado que perdí el cálculo de los días: lo que aconteció ayer mismo se me antoja muy lejano en la débil rueda del tiempo, su contorno se desdibuja y acaba desapareciendo, como una calcomanía en la muñeca de un niño, y a veces –muy pocas– percibo sus restos de forma tenue o neblinosa y ya no sé si son reales o pertenecen a un sueño o a qué; y viceversa, algunas cosas remotas y aparentemente gastadas –la cicatriz en un muslo, su nombre bisílabo– nunca se emborronan ni su color pierde matices ni se torna en sepia, a cada rato tienden a aparecérseme con total fuerza y nitidez, y me acompañan), no hará ni un mes, pienso en mi sillón de orejas, cuando mi amiga Noemí Trujillo me llamó a casa para charlar un rato y ya de paso proponerme un plan.
-Pero chiquilla ¿tú crees que yo estoy para esos trotes? Bueno, dame unos días que me lo piense –y terminé con la lectura de Sukkwan Island (Alfabia), apasionante novela de David Vann con aroma a Cormac McCarthy, para enfrascarme a continuación en El Madrid cotidiano del siglo XVIII (Endymion) de la filóloga, periodista, poeta y novelista –¡ahí es nada!– Juana Vázquez Marín, riguroso y amenísimo ensayo, colmado de sustanciosas anécdotas, sobre los usos y costumbres de los madrileños de la Ilustración. Precioso libro.
A la mañana siguiente, el zumbido del portero automático me arrancó del sueño a primera hora. Cartero, respondió una voz como de factótum, sin darme tiempo a preguntar ni decir nada. Rápidamente, mientras éste subía en el ascensor o por las escaleras, palmoteé mi cara con agua fría librándola de las últimas telarañas del sueño, me envolví en la bata de cuadros y abrí la puerta.
-¿Temístocles Roncero?
-Sí, soy yo.
-Firme aquí.
Era una carta. Urgente y certificada. De color amarillo y sin remitente. Mis dedos temblorosos extrajeron del sobre un billete de tren con destino a Barcelona y una nota en la que ponía lo siguiente: Ya está pensado. Un fuerte abrazo, Noé.
¡Toma nísperos!, pensé y pienso ahora en mi sillón de orejas mientras afuera las copas de los árboles son agitadas por el viento.

El único medio de transporte que resiste mi malogrado espíritu de viajero es el tren. El coche y el barco me marean y del avión no me fío: nadie sabe explicarte por qué vuela un cacharro de esos. Tampoco me resulta agradable esa sensación de irrealidad nebulosa que se te imprime en el ánimo al volar entre nubes, y de la que –por lo menos a mí, quizá por estar poco acostumbrado– cuesta tanto desprenderse; para experimentarla tengo a mi alcance la imaginación y la literatura, ambas tan socorridas, su inutilidad me procura la suficiente levedad para hacerme ingrávido sin tener que levantarme un palmo sobre el suelo.
La estación de Atocha es una gran cacharrería. Un hervidero de gente que va y viene, como ratones desquiciados, bajo la luz plomiza que se cuela por su cúpula y vitrales de hierro.
A las 10 de la mañana, acompañado por Philip Roth y su Némesis (Mondadori), me monté en el AVE rumbo a Barcelona, no sin antes despedirme de algunos trenes que partían y me dejaban solo en el andén con la insidiosa sospecha de estar perdiéndolos para siempre.
Durante el cómodo trayecto, donde a su término me esperarían para llevarme a Viladecans, pintoresco pueblo convertido en escenario de Vilapoètica –festival de poesía y microrrelato soñado por Noemí y plasmado en la realidad por ella y otros cuantos–, conocí a Francisca Amador y a Juan Silva, matrimonio encantador de amena y culta conversación que, casualmente, se dirigían al mismo lugar que yo. Francisca acaba de publicar Hierba de Otoño (Ediciones Parnass), poemario sencillo y sentido, de tono machadiano, con el que no es difícil durante su lectura sentir una sacudida de emoción.
Esa misma noche, ya en el hotel, nos dieron una cena a todos los invitados y participantes del festival. Allí tuve ocasión de reencontrarme con algunos amigos: Lorenzo Silva, Santiago Tena –flamante pregonero de esta primera edición-, Yolanda Sáenz de Tejada, y de charlar con otros nuevos: Abel Santos y Azahara Raimundo –no te pierdas El lado opuesto al viento, poemario del primero–, Amalia Sanchís, Gemma Rodríguez, Ramón Alcaraz, los paisanos Lola Buendía, Manuel de Mágina y Felipe Sérvulo, la cuasi neoyorquina Mercedes Salvador, Micaela Serrano, Margarita Souviron y Miguel Ángel Yusta, que me propinaba mal disimulados codazos cada vez que cruzaba ante nosotros alguna tía despampanante.
–Joder, otra musa que se me escapa. Así no hay manera de escribir un puñetero renglón –se quejaba entre picajoso y divertido.
Noemí ejerció de perfecta anfitriona. No se despegó un momento de mi lado y me fue presentando a todo el mundo; yo iba anotando sus nombres en mi libreta negra, y en un momento dado, quizás por estar arropado entre poetas, recordé unos versos aunque no a su autor:

Hoja en que escribo mi nombre,
tú me sobrevivirás,
qué es, ¡ay!, la vida de un hombre,
cuando un papel dura más.

Vilapoètica fue un verdadero éxito. La gente se agolpaba durante horas en las distintas salas que fueron habilitadas para albergar exposiciones, recitales, conferencias, conciertos y espectáculos de danza. Nos reímos muchísimo, a mandíbula batiente, como si fuéramos adolescentes en plena edad del pavo, cumpliendo ese adagio que reza que la risa es la distancia más próxima entre dos personas. Y así es.

Sigo en mi sillón de orejas, las copas de los árboles ya se agitan con menos fuerza, apenas se mueven. Sus siluetas se recortan en la noche negra como boca de lobo, apenas atenuada por alguna estrella y la luz de mi flexo. Lo apago. La calle es recorrida por un profundo y espeso silencio, no se ve alma alguna, pareciera que de un momento a otro algo fuera a quebrar esta quietud. Bostezo y los ojos me escuecen –de sueño y de letras–, pero antes de irme a la cama y despedirme hasta otro lunes, quiero recomendarte dos magistrales novelas: Los enamoramientos (Alfaguara) de Javier Marías y Solar (Anagrama) de Ian McEwan; las leí hace varios días y no paro de pensar en ellas. La primera es una sórdida historia sobre las acciones nobles o infames que somos capaces de hacer cuando estamos enamorados, narrada con esa prosa tan brillante y personal que caracteriza al autor (para mí una mezcla de Thomas Bernhard y Henry James), llena de ritmo y aliteraciones, de circunloquios y diálogos indirectos. La segunda es una sátira contra el calentamiento global protagonizada por el científico Michael Beard, cuyos cimientos se desmoronan cuando su quinta mujer empieza a engañarlo con un constructor. McEwan, que tantas grandes novelas nos ha regalado, regresa en plena forma con este artefacto sutil y lucidísimo que nos dibuja más de una sonrisa.
Buenas noches.

Temístocles Roncero.
Abril, 2011.

Artículo publicado en la revista Otro Lunes.
Y, en el mismo número, entrevisto a Antonio Orejudo.

6 comentarios:

Gonzalo dijo...

El otro día en mis habituales paseos me encontré a Temístocles por la calle. Intercambiamos un escueto "buen día" y seguimos por nuestros caminos. Está muy envejecido, ¿no se toma las vitaminas que le aconsejé?

Un saludo.

Loren dijo...

Sí, está bastante envejecido. Cualquier día nos pega un susto. Menos mal que con la llegada del verano siempre se revitaliza. No sé que vitaminas son ésas.

Saludos.

El conocimiento es un amigo mortal dijo...

Aunque la pérdida de visión, el dolor, el cansancio por toda una vida atormentada, la decrepitud de la enfermedad, lo acosaban, con todo el peso de su erudicción, el famoso crítico literario T., dotado de la sensibilidad de los maestros, de los que saben y, además, dicen y enseñan lo que saben, examinaba los libros como si estudiara al microscopio la textura de un lienzo, el origen y la calidad de los pigmentos de cada color, los minuciosos procesos materiales sin los cuales no existiría la obra. Revelando los caminos por los que la novela que leíamos había llegado hasta nosotros, nos hacía más sensibles a la cualidad viva y urgente de ella. Puesto que la lectura también es placer, provocaba o incitaba, en la medida de lo posible, a aumentar el interés por el autor y su obra, y un deseo casi inconfesable, de mirarse o sentirse en ella, en aquellas imágenes de las que no podíamos apartar los ojos, para profundizar en nosotros mismos...

Buen trabajo, Lorenzo, como siempre. Un fuerte abrazo.

Loren dijo...

Muchas gracias.

Un fuerte abrazo para ti también.

Miguel Ángel Yusta. dijo...

Días de gratísimo recuerdo.Que se repitan. Un abrazo.

Loren dijo...

Desde luego, Miguel. Otro más fuerte para ti.