`No entiendo cómo ha pasado, no entiendo cómo ha pasado´, se repite Temístocles con el mismo runrún de una salmodia incesante, meneando la cabeza mientras avanza pesadamente por el pasillo envuelto en penumbras y se desploma en su sillón de orejas, como si hubiera sido alcanzado en el pecho por unas balas de juguete. Su rostro cuarteado por los años suda y tiembla, y sus pupilas están afiladas por una inquieta tristeza.
A eso de la cinco y media, después de echarse la siesta y aprovechando las suaves temperaturas, ha cogido un libro y al punto se ha lanzado al exterior, a encontrarse con la calles del barrio. A menudo le asalta la idea de que su vida ya sólo consiste en eso: bajar paseando sin prisas hacia el parque del Oeste, sentarse en un banco a leer al sol, contemplar cómo éste desaparece al otro lado de los árboles, regresar a casa ya de noche, con calma. Una rutina sencilla que ejecuta a diario –siempre que sus numerosos alifafes se lo permiten– y que le provoca una intensa sensación de estar vivo. Pero hoy se ha perdido. Así de simple. Se ha perdido. Algo terrible y absurdo que por más que analiza no comprende. De vuelta a casa, y siguiendo el itinerario que acostumbra, se ha desorientado hasta tal extremo que no lograba saber dónde se encontraba. Las calles han empezado a resultarle ajenas, confusas, a enmarañarse como una madeja de lana. Y él no ha parado de dar vueltas de aquí para allá, cada vez más nervioso y desamparado, aferrándose con fuerza a su libro como si fuera un amuleto que lo ayudara a encontrar la salida de ese angustioso dédalo. Al final no le ha quedado otra que pedirle auxilio a una chica joven. Ella lo ha cogido del brazo, guiándolo hasta la puerta de su casa. `La próxima vez ten más cuidado´, dice, y a modo de despedida se despliegan en su rostro las alas de una enorme sonrisa.
`Una vez de niño también me perdí. Tendría cuatro o cinco años y paseaba con mis padres por las calles de este barrio. Hubo un momento en que dejé de verlos y, convencido de que eran ellos los que se habían extraviado, decidí volver a casa y aguardarlos allí. Cuando llegaron estaban muy preocupados, y también furiosos. Mi padre me castigó a no salir en varios días, así aprendería a no separarme de ellos, y mi madre no paraba de sollozar y de enjugarse las lágrimas, de exclamar en voz alta: “¡Qué disgusto, madre mía, qué disgusto!”´.
Es un recuerdo que estaba sepultado por la losa del tiempo y que ahora emerge con ímpetu en la memoria de Temístocles. Es curioso el mecanismo de ésta, sus resortes y procesos, sus filtros de selección. Hay cosas que se marchan pero un buen día regresan a nosotros con la misma nitidez de entonces, como si siempre hubieran estado ahí, a nuestro lado, velando nuestros sueños y naufragios en la noche. Una cosa le ha ido a llevando a otra hasta acabar en la orilla de aquel lejano sábado en que se perdió paseando con sus padres. Su madre tenía un carácter dulce y sonreía mucho, aunque aquel día se llevó un inmenso berrinche. La sonrisa de la chica joven le recuerda vagamente a la de su madre, piensa justo antes de quedarse dormido con la placidez del niño que se duerme en una fiesta.
A eso de la cinco y media, después de echarse la siesta y aprovechando las suaves temperaturas, ha cogido un libro y al punto se ha lanzado al exterior, a encontrarse con la calles del barrio. A menudo le asalta la idea de que su vida ya sólo consiste en eso: bajar paseando sin prisas hacia el parque del Oeste, sentarse en un banco a leer al sol, contemplar cómo éste desaparece al otro lado de los árboles, regresar a casa ya de noche, con calma. Una rutina sencilla que ejecuta a diario –siempre que sus numerosos alifafes se lo permiten– y que le provoca una intensa sensación de estar vivo. Pero hoy se ha perdido. Así de simple. Se ha perdido. Algo terrible y absurdo que por más que analiza no comprende. De vuelta a casa, y siguiendo el itinerario que acostumbra, se ha desorientado hasta tal extremo que no lograba saber dónde se encontraba. Las calles han empezado a resultarle ajenas, confusas, a enmarañarse como una madeja de lana. Y él no ha parado de dar vueltas de aquí para allá, cada vez más nervioso y desamparado, aferrándose con fuerza a su libro como si fuera un amuleto que lo ayudara a encontrar la salida de ese angustioso dédalo. Al final no le ha quedado otra que pedirle auxilio a una chica joven. Ella lo ha cogido del brazo, guiándolo hasta la puerta de su casa. `La próxima vez ten más cuidado´, dice, y a modo de despedida se despliegan en su rostro las alas de una enorme sonrisa.
`Una vez de niño también me perdí. Tendría cuatro o cinco años y paseaba con mis padres por las calles de este barrio. Hubo un momento en que dejé de verlos y, convencido de que eran ellos los que se habían extraviado, decidí volver a casa y aguardarlos allí. Cuando llegaron estaban muy preocupados, y también furiosos. Mi padre me castigó a no salir en varios días, así aprendería a no separarme de ellos, y mi madre no paraba de sollozar y de enjugarse las lágrimas, de exclamar en voz alta: “¡Qué disgusto, madre mía, qué disgusto!”´.
Es un recuerdo que estaba sepultado por la losa del tiempo y que ahora emerge con ímpetu en la memoria de Temístocles. Es curioso el mecanismo de ésta, sus resortes y procesos, sus filtros de selección. Hay cosas que se marchan pero un buen día regresan a nosotros con la misma nitidez de entonces, como si siempre hubieran estado ahí, a nuestro lado, velando nuestros sueños y naufragios en la noche. Una cosa le ha ido a llevando a otra hasta acabar en la orilla de aquel lejano sábado en que se perdió paseando con sus padres. Su madre tenía un carácter dulce y sonreía mucho, aunque aquel día se llevó un inmenso berrinche. La sonrisa de la chica joven le recuerda vagamente a la de su madre, piensa justo antes de quedarse dormido con la placidez del niño que se duerme en una fiesta.
25 de mayoMadrid.
Escribo este relato por petición de Javier Puebla.
10 comentarios:
Son muchos los mayores que están perdidos, y pocos los afortunados que encuentran a una joven que los acompaña "a su casa"... tu y yo por suerte o por desgracia sabemos mucho de eso.
Temístocles debería vivir en su pueblo, disfrutar de su patio, dar en verano un paseo por la sierra, comerse una tortilla de patatas con sus nietos en el charco de la pringue, y estar rodeado de su familia hasta el día en que tenga que despedirse de ellos para irse al paraíso...
Como decía alguien muy importante para mi... en el paraíso tiene que haber una mesa muy grande con un mantel blanco lleno de manjares, y alrededor de esa mesa todas las personas a las que siempre has querido esperándote, para disfrutar de miles de comidas y risas juntos por toda la eternidad.
Besitos apretaos Victoria
Victoria, alguna vez le he oído decir a Temis que cualquier día de estos se larga a su pueblo y se queda allí hasta que la muerte venga a buscarlo. Pero lleva muchísimo tiempo viviendo en Madrid, desde que empezó Filosofía y Letras -carrera que pronto abandonó para entrar a trabajar en la Telefónica-, y supongo que la perspectiva de dejar de vivir en ella le produce tristeza y también algo de miedo.
Yo también creo que el paraíso debe ser algo así; por otra parte, esa descripción que tú haces se ciñe mucho a nuestros veranos.
Un besazo.
¿Sabes por qué creo que se imaginaba el paraiso asi?... porque disfrutaría de muchos veranos como los nuestros, rodeado de amigos, riendo y comiendo... cuando vayamos al paraiso seguro que nos está allí esperando... mil besos
No me cabe la menor duda, Victoria.
Mil besos más para ti.
"aferrándose con fuerza a su libro como si fuera un amuleto que lo ayudara a encontrar la salida de ese angustioso dédalo"
Éste eres tú :)
Un beso.
Caro Lorenzo:
La crítica literaria es un género difícil. Hay críticos literarios que escriben ejemplarmente; hay escritores que hacen buena crítica literaria. No propia, sino de otros. El escritor conoce por experiencia las tretas de su arte y está dotado de especial sensibilidad. Así puede ver la obra ajena metiéndose dentro, sin perder la distancia necesaria para discernir y valorar.
No me imagino a Temístocles escribiendo un Diario en el que las reacciones emocionales y valorativas del narrador forman parte de los actos mismos narrados.
En cambio, sí lo imagino escribiendo en el pueblo sus Memorias sobreponiendo obligatoriamente a sucesos como el que tan maravillosamente relatas, las reacciones anímicas que en su momento provocaron en el buen hombre, las que ahora provoca la evocación de aquel hecho : " ahora contempla lo que entonces vivió ", Cosa que hace en la segunda parte del texto. Muy penetrante es el análisis y la descripción de esos hechos pasados. El error al hablar de la soledad de muchas personas mayores es creer que es un problema y no una conclusión, un triste final sin solución, por mucha ayuda y compañía que les proporciones...
Entresaco esos fragmentos finales y la frase, a la que alude la dama de gris, descuella en su conjunto, pero no quiero ser como el eco y me quedo con la que dice " sus pupilas están afiladas por una inquieta tristeza ", entre otras joyas para los sentidos...
Sobra por ahí una " a ", tipica jugarreta traicionera sin importancia del teclado, que yo sufro constantemente...
Un fuerte abrazo, Lorenzo, para todos.
Algo sí soy, La dama gris, qué le vamos a hacer. Un beso.
Te agradezco mucho tu comentario, paisano, y a ver si nos vemos pronto. Un fuerte abrazo para ti también.
Javier Puebla se siente muy satisfecho con el resultado de su petición. Sombrerazo para mi amigo y colega Lorenzo Rodríguez Garrido. El Cap.
Muchas gracias, capi. Abrazotes para ti.
Encantador relato, es agradable saber que, en ocasiones, aparece alguien dispuesto a ayudar y a mostrar ese atisbo de humanidad que a veces parece haber desaparecido por completo.
Enhorabuena por el relato, me gusta.
http://milcosasquenotedije.blogspot.com/
Publicar un comentario en la entrada