lunes 7 de marzo de 2011

LOS LIBROS Y LOS DÍAS (XI)

“La vida no es más que esto, ser un locatario y en este local con cuatro habitaciones,
ver pasar los días –pocos de sol y muchos de viento y lluvia–
teniendo lámparas iluminadas después del atardecido”.

Ramón Gómez de la Serna. Cartas a mí mismo.

Hay unas pocas cosas que atesoramos en nosotros desde los lejanos azules de la infancia, y que el pasar del tiempo no sólo no las desvalija sino que además las fortalece y hace mucho más intensas. Para mí ha sido una sorpresa –y un profundo alivio, créeme– ir descubriendo cómo aquellas cosas que ya me entusiasmaban de niño cada vez lo hacen más, su presencia en mis días ha ido en constante aumento: ocupando y exigiendo vorazmente, casi machete en ristre, nuevas porciones de espacio y tiempo de las que poder adueñarse.
La cabra loca de la literatura trisca y ramonea a su antojo por las habitaciones de mi vida, dejándolo todo hecho un asco. Isleni, aquella dulce colombiana que contrató mi hija para procurarme atenciones cuando resbalé en el ascensor y me hice trizas la pierna, se deja caer por esta selva de vez en cuando para intentar instaurar algo de orden y ya de paso echarme la bronca. ¡Cualquier día te los quemo todos!, me dice histérica mientras se guarda en el bolso con disimulo tres o cuatro libros que luego vende en la librería de viejo de la esquina; libros que después yo bajo a comprar y regresan sanos y salvos al calor de los otros, entre los aplausos de sus páginas.
Recibo, me regalan y compro; su número crece minuto a minuto; ella enloquece; profiere gritos y amenazas que no logran amedrentarme ni desviarme de mi camino.
Desde niño acaricio algo que ni Isleni ni nadie conocen; algo que tengo que hacer muy pronto, antes de cerrar los ojos y cruzar la calle del siempre: habitar una casa en la orilla del mar. Una casita pequeña –de planta baja y grandes ventanas–, con una mecedora en el porche en donde tumbarme, acompañado del rumor de las olas, a mirar crespúsculos.
Una casa de libros.
Construida con libros y cola; sólo esos dos materiales.
No, aún no se me ha ido la cabeza –no del todo– y columbro los escollos de tan ardua empresa. Pienso en ellos a todas horas, pero creo que podré lidiarlos con cierta destreza si me ayudan Mateo y Solutor, mis dos grandes amigos. Cuando tenga elegido el terreno y decida ponerme en marcha, les contaré mi sueño, este disparate que me mantiene vivo, y juntos lo haremos posible. La principal duda radica en si tendré suficientes libros o no para levantar la casa que tengo planificada, y ése es el motivo –ahora lo confieso– por el que acepté a estas alturas de la película meterme a recomendarlos. Javier Vázquez Losada, cuando habló conmigo para contratarme, me prometió que, a cambio de mis artículos, las editoriales me mandarían todos los libros que quisiera. Y así ha sido…
Mientras llega el momento de ponernos manos a la obra, hago un paréntesis en los preparativos para señalarte la mejor narrativa que he saboreado estas últimas semanas. Habrá varias cosas que no aparezcan, claro, o no las conozco o no he tenido tiempo de leerlas.

Aparecen de golpe tres excelentes novelas de tres de nuestros más sólidos narradores: Caligrafía de los sueños (Lumen) de Juan Marsé, Un momento de descanso (Tusquets) de Antonio Orejudo y Punto de fisión (Algaida) de David Torres; esta última ganadora del IV Premio Logroño.
Las menciono juntas porque para mí comparten algunas similitudes. La primera de ellas es que estos autores no tienen ninguna prisa por publicar, es decir, se toman todo el tiempo que haga falta para alicatar sus historias, imponiendo sus razonables ritmos de producción a los desenfrenos que a veces exige la industria. Lo respeto y tal y cual, pero suelen agotarme esos escritores que publican novela cada ocho meses. Desde las anteriores entregas de Marsé y Orejudo hasta hoy han pasado exactamente seis años, y tres en el caso de Torres (Javier Marías, Luis Landero, Juan Pedro Aparicio, Belén Gopegui, Manuel Longares, Eduardo Mendoza o incluso Javier Cercas, buenos novelistas todos, también se toman su tiempo para crear sus obras). La segunda similitud es el tema. Las tres, aunque distintas, tratan sobre la ficción. Sus personajes y reflexiones gravitan en torno a ella, y esta se nos presenta como la forma más poderosa de evadirnos de la grisácea existencia. ¡Ojo! No nos encontramos ante vacuos ejercicios de metaliteratura y ombliguismo, carentes de imaginación y pretendidamente rompedores, sino ante tres historias clásicas (cada uno a su modo), cien por cien narrativas y llenas de fuerza.

Otras novelas españolas que no debes perderte: Las heridas de los elefantes (451), la segunda novela de Miguel Tomás-Valiente, preciosa y delicada historia de amor envuelta en misterio, de segundas oportunidades, cuya idea principal –el protagonista recibe un libro anónimo en el que se recoge toda su vida– me ha recordado vagamente a La identidad de Milan Kundera; Donde nadie te encuentre (Destino. Premio Nadal 2011) de Alicia Giménez Bartlett, creadora de la célebre saga protagonizada por la inspectora Petra Delicado (de la que se hizo una serie televisiva con Ana Belén y Santiago Segura), interesante historia sobre un personaje verdadero, La pastora, un maquis que resistió en la España del 56, y las pesquisas que hacen sobre él dos personajes inventados: el periodista Carlos Infante y el psiquiatra francés Lucien Nourissier; El alcalde del crimen (Martínez Roca) de Francisco Balbuena, trepidante narración ambientada en la Sevilla de finales del siglo XVIII, protagonizada por el juez de la ciudad hispalense: Gaspar de Jovellanos; y Pistola y cuchillo (El Aleph) de Montero Glez, novela corta sobre los últimos momentos de Camarón narrada con el brillante estilo marca de la casa.

Termino con Martin Amis, uno de mis escritores contemporáneos favoritos. Siempre hablamos de la Gran Novela Americana pero pocas veces oigo hablar de la Gran Novela Inglesa. Julian Barnes, Ian McEwan, David Lodge, Graham Swift han escrito algunas de las novelas más memorables de los últimos años. Amis regresa (después de su espléndida La casa de los encuentros, triángulo amoroso ambientado en un gulag) con La viuda embarazada (Anagrama), ácida novela sobre la revolución sexual de los años 70, protagonizada por un chico que quiere ser escritor (alter ego del propio autor) y que disfruta del sosiego veraniego en un castillo de Italia con su novia y la mejor amiga de ésta, a la que quiere llevarse al catre sea como sea. Una obra maestra (aunque la primera parte sea algo densa) a la altura de Dinero o La información.

Llaman al telefonillo y es el mensajero con nuevas dosis de felicidad. Isleni cuando venga mañana se pondrá hecha una hiena, pero no me importa. Ya queda menos.

Temístocles Roncero
Febrero, 2011.

Artículo publicado en la revista Otro Lunes.

9 comentarios:

Francoise dijo...

Gracias, Loren, por esa mención.

Anónimo dijo...

El artículo contiene una gran cantidad de buena información. Mis mejores deseos.

Loren dijo...

Gracias a ti, Francoise. Un abrazo.

Thanks, Rasa. My better desires for you also. Kisses.

El conocimiento es un amigo mortal dijo...

Caro Lorenzo :
Recién he llegado del pueblo. Aparte que tengo que ponerme al día de tu cuaderno, me tienes que explicar las reglas del juego con las que escoges un número determinado de títulos y no otros de méritos parecidos ¿ Dónde has marcado el límite ? ¿ Se trata de reunir una biblioteca sujeta a unos gustos personales o tu finalidad es estrictamente informativa ?

Saludos

Loren dijo...

Querido amigo:

El artículo lo escribe un tal Temístocles Roncero (paisano nuestro que seguro que conoces), yo sólo se lo paso a ordenador y lo cuelgo aquí para darle un poco de difusión, ya que él no tiene ni pajolera idea de manejar un cacharro de estos.
Según tengo entendido, algunas editoriales le mandan sus últimas novedades y él señala aquellas que más le gustan. Su finalidad, como tú bien dices, es estrictamente informativa y también de promoción. Este tipo de artículos los publica en la revista Otro Lunes y sale cada dos meses.

Un fuerte abrazo.

Jesús V.S. dijo...

Y son una maravilla, que ni Loren ni Temistocles lo reconocerán, pero como lector yo sí puedo decirlo.


Un abrazo.

Loren dijo...

Muchas gracias, Chechu. Me alegro que te gusten los artículos del viejo Temístocles.

Abrazos.

Felipe Sérvulo dijo...

Excelente blog. Volveré por aquí.

Loren dijo...

Muchas gracias, Felipe.