Son las diez de la mañana, acabo de levantarme. Anoche me acosté tardísimo; salí a cenar con los amigos y luego estuve leyendo a Hemingway hasta el filo del amanecer (apenas he dormido unas pocas horas). El vitalismo que desprende su escritura es contagioso y en cuanto puedo me dejo llevar a través del sendero luminoso de sus páginas. Hace tres años, en París, visité algunos de los cafés que él más frecuentaba: Flore, Les Deux-Magots, La Closerie des Lilas; en éste último, al advertir el pianista nuestra condición ruidosa de españoles, decidió darnos la bienvenida con las notas melancólicas del Granada de Albéniz, inocular en mí uno de esos raros e indelebles momentos de la misma materia con que se fabrican los sueños. Y este julio estuve en Finca Vigía, la que fue su residencia de La Habana durante unos veinte años, el lugar donde se retiró a descansar y a escribir El viejo y el mar y algunas otras de sus obras más importantes, el lugar donde recibió la noticia de que el Nobel era suyo, a menos de una hora de la corriente del Golfo, “el Gran Río Azul”, donde según cuentan encontró abundante pesca.
Aquí estamos Gonzalo y yo en el porche, al lado de la puerta principal:
Y aquí la máquina de escribir que utilizaba Hemingway (o al menos eso nos dijeron):
Después de olfatear un rato todo aquello le pedimos a Aramis, nuestro amigo el taxista, que nos llevara a casa de Leonardo Padura, brillante escritor, conocido sobre todo por ser el creador de una serie policíaca protagonizada por Mario Conde, policía solitario y melancólico que sueña con escribir novelas arropado por la dulce brisa del mar, y cuya memoria permanece atrapada entre los recuerdos que conserva de Tamara, su primer y gran amor.
Padura nos invitó a un café, atendió durante algo más de una hora todas nuestras preguntas (pincha aquí si quieres ver la entrevista), nos regaló un ejemplar de Fiebre de caballos, su primera y corta novela, una historia de amor aún inédita en España y que vine leyendo en el avión, y salió a despedirnos a la puerta con un fuerte apretón de manos y una franca y generosa sonrisa, acompañado de un perrito blanco del que no logro recordar su nombre a pesar de haberlo oído en su momento. Hay muchas, muchísimas cosas que oímos pero no escuchamos, palabras o frases que revolotean como torpes mariposas hasta nuestros oídos sin apenas rozarlos y ni mucho menos instalarse en ellos; y aunque adoptemos cara de circunstancias y enfaticemos nuestro falso interés con un cabeceo constante acompañado de un “Sí” o un “Ajá” pretendiendo engañar a nuestro hablante, navegamos por aguas lejanas sin rumbo fijo, desnortados, como una pareja que atraviesa el dédalo de calles de esa ciudad nocturna que inventan o no conocen pero cuyo misterio desean revelar. A veces, incluso, incurrimos en un descaro aún mayor, y, a pesar de estar abismados en nuestras propias ensoñaciones, soltamos a lo que se nos va diciendo frases gramaticalmente perfectas y cargadas de sentido, en plena consonancia con el discurso mantenido por el que tenemos enfrente (el repertorio de conversaciones no es tan variado y la dificultad de este recurso es mínima si se utiliza con un amigo o un conocido) y así no existe duda ni levantamos sospecha de nuestra falta de interés y atención. Pero estaba en Mantilla, La Habana, Cuba, diciéndole adiós con la mano a Leonardo Padura y a su perrito blanco cuyo nombre oí pero no escuché.
(Por cierto, uno de sus libros se llama Adiós, Hemingway y su argumento gira en torno a Finca Vigía.)
(Por cierto, uno de sus libros se llama Adiós, Hemingway y su argumento gira en torno a Finca Vigía.)
De regreso a La Habana Vieja, donde nos esperaba Joaquín para cenar en la terraza del hotel, beber mojitos y hacer balance del día, un guardia de tráfico detuvo el taxi en plena calzada.
Papeles.
Aramis extrajo de la guantera una carpeta negra con muchísimos otoños –se deshacía con solo mirarla– y se la entregó al guardia junto con tres o cuatro billetes de forma subrepticia.
Circulen, ordenó devolviéndole la carpeta, golpeando con la mano el capó del coche.
¿Tú crees mi helmano que yo puedo aguantar esta puta mielda?, me dijo Aramis de nuevo en marcha, sus ojos azules muy abiertos, velados de tristeza.
Otoño, 2010.
13 comentarios:
Por fin el esperado texto de aquellas horas en la Cuba profunda y selvática. El mejor día de todo el viaje: la entrevista a Padura y la casa de "Wimbly", Joaquín dixit.
"[...] Bebió otro trago, a la memoria del olvido, y gritó con todas las fuerzas de sus pulmones:
-¡Adiós, Hemingway!
Entonces tomó impulso con el brazo hacia atrás y lanzó la botella al agua. El recipiente epistolar, preñado con las nostalgias de aquellos náufragos en tierra firme, quedó flotando cerca de la costa, brillando como un diamante invaluable, hasta que una ola lo envolvió y lo alejó hacia esa zona oscura donde sólo es posible ver algo con los ojos de la memoria y el deseo." (Adiós, Hemingway)
El texto está muy bien. Pero la gran noticia, lo que de verdad sería maravilloso es que esta entrada se pudirer publicar así en el Paraíso Socialista del Caribe. Eso si que estaría bien.
Va a ser que no.
Que "mielda" todo.
Nuestro amigo Wembley, jejej.Yo como bien pones me quede cuidando la habitación.
El texto esta muy bien además me recuerda a ese maravilloso viaje (aunque penamos más que las ruedas de las navajas, jejej)
Tú como es impensable pensar que note traerias algo culto del viaje, en este caso te vinistes recordando a un maestro como Hemingway (wembley para los amigos)
Para vosotros fue un dia grande, Ya que Padura os describio ¨su¨Cuba, no la Que nosotros conocimos.1 abrazo amigo y aprovecho para darle otro a gonzalo. Excelente articulo amigo
Joaquín Antonio Ruiz Valcarcel
Qué ganas tenía ya de leerte por aquí de nuevo, amigo.
Me ha gustado mucho, me has hablado alguna vez de algunos momentos de esas horas que describes, aunque ahora me ha gustado leerlos unidos. Muy buen texto, como siempre.
Un abrazo.
El Jesús de antes soy yo, que no sé porque entré con otra cuenta. ;)
Totalmente de acuerdo, Gonzalo. Fue un gran día, lástima que no pudiéramos visitar también a Pedro Juan.
Que "mielda" todo. Desde luego.
Vete preparando para el próximo viaje, Joaquín. "Wembley" te manda abrazos.
Muchas gracias, Chechu. Siempre tan cariñoso.
Me encantan tus publicaciones, Lorenzo. Exquisita expresión y grandioso relato. Deberías actualizar el blog más a menudo para complacer a tus lectores.
Un admirador secreto.
La familia y los amigos siempre haciendo ruido.
Su artículo es muy interesante. Mis mejores deseos.
Gracias, Anónimo.
Hacía mucho que no actualizabas. Me he metido por casualidad y me he llevado esta sorpresa. Como siempre me ha encantado. Es una pena que escribas tan poco.
Besos.
Muchas gracias, La dama. No tengo demasiado tiempo para actualizar el blog con textos de este tipo porque ando a cuarenta cosas pero te agradezco mucho que estés ahí.
Un beso.
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