lunes 3 de enero de 2011

LA FAMILIA



La puerta es de madera, tiene cuatro cuerpos y visillos en los cristales. Avanzamos hacia ella por un pasillo ancho y largo, con pasos firmes y calmos, con la misma expectación nerviosa de un niño en la noche de Reyes, sin saber qué hay detrás pero ansiosos por descubrirlo. De repente se abre sola y aparece ante nosotros el espectáculo tragicómico, festoneado de luces y sombras, de risas y penas, que siempre constituye cualquier familia. Ahí están todos: padres, abuelos, tías, primos. Y un señor joven con barba que resulta ser el médico; y en el lado derecho, ubicada de forma tan discreta que no es difícil ignorarla en un primer vistazo, la criada que lleva junto a ellos toda una vida siguiendo sus pasos con servicial espíritu, atenta a cualquier detalle por nimio que sea, sombra que observa y protege, y, justo en el centro, su pequeña sobrina sosteniendo insegura a un bebé recién nacido.
Ahí están todos, sí, una familia italiana, burguesa, de primeros del XX, celebrando el bautizo de este último –
Carlo, nuestro protagonista–, emperejilados para el festejo y aguardando al pajarito, varados en la luz del crepúsculo, en ese aire de satisfecha y transitoria dignidad que a todos nos envuelve cuando posamos para un fotógrafo. `¿Qué será un genio o un imbécil?´, se pregunta el abuelo en voz alta con Carlo entre los brazos. `Será un buen hijo de Dios´, contesta la abuela. `Como carrera es bastante modesta´, replica él.

Digámoslo ya:
La familia es admirable. Dirigida en 1987 por el muy prolífico Ettore Scola –diez años posterior a su otra gran obra maestra: Una jornada particular, protagonizada por Marcello Mastroianni y Sofia Loren, una de las historias de amor más melancólicas que atesora mi memoria cinéfila–, ganadora de cinco David de Donatello (el equivalente italiano a nuestros Goya) y nominada al Oscar a la mejor película extranjera, sus fotogramas nos empapan de vida, conforman un lienzo de claroscuros y matices alumbrados por la luz lunar del celuloide.
Dice
Virginia Wolf –y no le falta razón– que para que todo relato funcione necesita un reloj. En este caso, La familia no sólo dispone de uno, sino que además es prodigioso y su mecanismo parece suizo, de última tecnología, pues condensa ochenta años en apenas dos horas de duración. Pero no nos llevemos a engaño ni a falsas impresiones; de resultas de un arco narrativo perfecto y de un magistral uso del tempo cinematográfico, aquí no existe lentitud o apresuramiento –eso queda reservado para las películas mediocres–, todo fluye de manera natural, con la misma agilidad que utiliza Carlo (bordado por un Vittorio Gassman menos sobreactuado de lo frecuente) para atravesar las estancias de su casa y el paisaje en ruinas de la historia.
Cada vez que el travelling recorre el pasillo avanzamos de golpe una década. Sin salir en ningún momento del enorme piso familiar (recordemos
El baile, La terraza o la ya citada Una jornada particular, cuyos personajes siempre se desenvuelven en un mismo espacio), a través de los diálogos, la música, los programas que emite la radio o los ruidos de la calle que se filtran en la cotidianidad diaria, las páginas del almanaque se deshojan convirtiéndonos en testigos del transcurrir de la historia: desde la monarquía de los Saboya hasta la república de la Democracia Cristiana, pasando por la dictadura fascista y las dos guerras mundiales. Sucesos que acontecen fuera de campo y que percibimos como traquidos de una contienda.
Scola –que junto con
Dino Risi, Mario Monicelli o Luigi Comencini encabezó en los años 60 el llamado nuevo cine italiano y dirigió algunas de las mejores películas de todos los tiempos− entrelaza en esta crónica social los dos temas más recurrentes de su universo creativo: los acontecimientos históricos y los problemas que atenazan al ser humano. El drama de Carlo es haberse casado con la hermana de la mujer que ama (bellísima Fanny Ardant) y arrastrará este fracaso −o quizá no lo sea, quién puede saberlo− hasta su último estertor.

Carlo avanza lentamente por el pasillo, solo, hoy es su cumpleaños, le están esperando para hacerse una foto y celebrarlo en el mismo salón que dio cobijo a su bautizo, al otro lado de la puerta de cuatro cuerpos y visillos en los cristales. La abre: ahí están todos. También algunas ausencias y personas desconocidas. Se sienta en un sillón del centro, entre su único hermano y su amor verdadero, y acuden a su cabeza todas las cosas que imaginó y no fueron, el cúmulo de dentelladas y decepciones que toda vida acarrea consigo. Suena una voz en off: “Y así he llegado a los ochenta años. Son muchos, son pocos. Puede resultar la edad más hermosa”.

Artículo publicado en Baeza-Actualidad.

5 comentarios:

Jesús V.S. dijo...

Vaya cierre más increíble para un artículo, como siempre, muy ilustrativo.

Me gusta mucho cómo escribes sobre Cine.

Un abrazo amigo.

Loren dijo...

Muchas gracias, Chechu.

Un fuerte abrazo.

J. dijo...

Muy buen artículo.

El conocimiento es un amigo mortal dijo...

Caro Lorenzo :



Estoy impresionado. Filólogos, cinéfilos, académicos en general, todos los aficionados a los alardes inventariales, al exhibicionismo erudito, al escolasticismo sin escuela - entre los que me incluyo, sin merecerlo -, que creen que saber es como extender en un abanico una plegada cola de brillantes plumas, una suerte de lucimiento sobre el que por lo visto no pesa la misma corrosiva sospecha que afectan a esas otras emplumadas y también graciosas criaturas que son los pavos reales, de las que se ha dicho que mostrando lo que ocultan procuran que se olvide lo que enseñan , esto es, el raquítico penacho de sus huecas cabezas. Todos estos, te digo, deberían leer tu honesto y magnífico cuaderno. Nunca es tarde para aprender.

Loren dijo...

Muy amable, J.

Muchas gracias, navero. Nos vemos en nuestra tierra.

Abrazos.