Tengo miedo del invierno y su llegada me preocupa mucho. Muchísimo. En realidad me aterra. Parece ser que además soy demasiado transparente y las cosas deben notárseme en el semblante más de lo habitual, pues hace un rato, diez o quince minutos, cuando regresaba a casa después de festejar la vida con un largo y agotador paseo, una señora viejísima, más o menos de mi edad, pero dueña aún de una serena belleza: pelo blanco y suelto, mejillas sonrosadas, ojos pequeños y pupilas afiladas por un vestigio de radiante juventud, a la que no había visto en mi vida ni conozco de nada, se me acerca y sonríe y dice: `Alegra esa cara. Hoy es el mejor día´. Y se aleja sorteando azares, erguida y delgada como un junco, perfumando la calle y la noche con olor a tierra mojada.
Ring, ring…
Son casi las once.
…ring, ring…
Ya puede sonar todo lo que quiera.
…ring, ring…
¡Demonios! Acabo de sentarme a escribir esto y no me levanto ni por todos los libros del mundo.
...ring, ring…
Me incorporo, atravieso veloz las penumbras del pasillo, descuelgo el auricular y al musitar `Diga´, apenas sin resuello, obtengo como única respuesta un doloroso e ininterrumpido piiiiiiiiiiiiiiiiii, que es el ruido que hacen los teléfonos cuando duermen y sueñan con sus cosas.
¡Joder!
Antes de volver al despacho para continuar con el artículo, mi mirada despliega sus alas y se posa sobre el teléfono. Es negro. De pared. Con una pequeña ruleta para marcar los números. Antediluviano. Pero funciona perfectamente. Caigo en la cuenta de que siempre ha estado ahí, en el mismo sitio y sin moverse, robusto, silencioso la mayoría de las veces, registrándolo todo, como si fuera un miembro de la Stasi, huellas dactilares, conversaciones telefónicas o presenciales, un catálogo de abundantes miserias y de unas pocas alegrías, testigo de casi todas las teselas que conforman el mosaico de nuestra vida, capítulos de la novela que nos vamos narrando a nosotros mismos, distintos esbozos y sucesivos borradores del paisaje en ruinas que todos somos al fin y al cabo.
Un rayo minúsculo ilumina un instante la negrura del teléfono. Como si quisiera refrendar lo que estoy pensado.
A menudo, cuando paseo por la calle, me asalta la idea de introducir una moneda en la cabina y llamarme a casa. Parece un disparate y quizá lo sea; pero albergo la esperanza de que al hacerlo, una versión mía anterior a la de ahora, un Temístocles mucho más joven y desorientado, también por dentro más frágil, descuelgue el teléfono desde el ayer y al responder `Diga´ pueda yo aconsejarle: `Alegra esa cara. Hoy es el mejor día´.
Me importan un rábano los premios literarios y por tanto no les concedo demasiada atención. En cierto modo, acepto que una editorial otorgue su premio al autor que quiera –y digo en cierto modo porque ese dinero muchas veces pertenece al erario público–, pero lo que me parece reprobable es el hecho de engañar a la gente, animarla a que mande sus manuscritos a premios cuyos ganadores ya están elegidos desde meses antes.
Ring, ring…
Son casi las once.
…ring, ring…
Ya puede sonar todo lo que quiera.
…ring, ring…
¡Demonios! Acabo de sentarme a escribir esto y no me levanto ni por todos los libros del mundo.
...ring, ring…
Me incorporo, atravieso veloz las penumbras del pasillo, descuelgo el auricular y al musitar `Diga´, apenas sin resuello, obtengo como única respuesta un doloroso e ininterrumpido piiiiiiiiiiiiiiiiii, que es el ruido que hacen los teléfonos cuando duermen y sueñan con sus cosas.
¡Joder!
Antes de volver al despacho para continuar con el artículo, mi mirada despliega sus alas y se posa sobre el teléfono. Es negro. De pared. Con una pequeña ruleta para marcar los números. Antediluviano. Pero funciona perfectamente. Caigo en la cuenta de que siempre ha estado ahí, en el mismo sitio y sin moverse, robusto, silencioso la mayoría de las veces, registrándolo todo, como si fuera un miembro de la Stasi, huellas dactilares, conversaciones telefónicas o presenciales, un catálogo de abundantes miserias y de unas pocas alegrías, testigo de casi todas las teselas que conforman el mosaico de nuestra vida, capítulos de la novela que nos vamos narrando a nosotros mismos, distintos esbozos y sucesivos borradores del paisaje en ruinas que todos somos al fin y al cabo.
Un rayo minúsculo ilumina un instante la negrura del teléfono. Como si quisiera refrendar lo que estoy pensado.
A menudo, cuando paseo por la calle, me asalta la idea de introducir una moneda en la cabina y llamarme a casa. Parece un disparate y quizá lo sea; pero albergo la esperanza de que al hacerlo, una versión mía anterior a la de ahora, un Temístocles mucho más joven y desorientado, también por dentro más frágil, descuelgue el teléfono desde el ayer y al responder `Diga´ pueda yo aconsejarle: `Alegra esa cara. Hoy es el mejor día´.
Me importan un rábano los premios literarios y por tanto no les concedo demasiada atención. En cierto modo, acepto que una editorial otorgue su premio al autor que quiera –y digo en cierto modo porque ese dinero muchas veces pertenece al erario público–, pero lo que me parece reprobable es el hecho de engañar a la gente, animarla a que mande sus manuscritos a premios cuyos ganadores ya están elegidos desde meses antes.
El Nobel es cosa distinta, claro. Ahora no voy a entrar a valorar sus aciertos y errores (nunca llueve a gusto de todos y afinar siempre es dificilísimo), pero este año me ha regalado una alegría. Mario Vargas Llosa es un artesano de la literatura. Novelista y ensayista excepcional. Intelectual honrado y comprometido. Defensor a ultranza de la libertad; algo que nunca sale gratis y que parece molestar a tantos que se escudan tras una ideología que pretende justo lo contrario: aherrojar la libertad del hombre, ponerle barrotes. Con espíritu de ingeniero y paciencia de orfebre, Mario ha ido edificando una de las obras literarias más importantes y lúcidas. Enhorabuena.
En el nutrido catálogo de Alfaguara puedes, querido lector, encontrar cualquiera de sus libros. Pero si buscas una edición de bolsillo, manejable y económica, Punto de Lectura tiene publicadas sus novelas más importantes: La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral, La tía Julia y el escribidor, Pantaleón y las visitadoras, etc Tengo sobre la mesilla Travesuras de la niña mala, pero aún no he tenido tiempo de leerla, así que otro día te cuento.
Lo que sí he leído son todos los libros que paso a recomendarte a continuación.
Anagrama publica Agosto, Octubre de Andrés Barba y Un adúltero americano de Jed Mercurio. La primera es una novela corta, de apenas 150 páginas, que cuenta el verano de un adolescente de quince años y de cómo éste le cambiará su vida para siempre. Hermosa e intensa historia sobre el amor y el perdón. La segunda es una suerte de biografía novelada sobre el presidente Kennedy, un irónico y absorbente retrato que nos muestra a un ser obsesionado con el sexo y como esto le afecta en su carrera política y en su vida familiar.
Las últimas novelas de Juan José Millás y de Ricardo Menéndez Salmón aparecen en Seix-Barral. Lo qué sé de los hombrecillos es una de las historias más redondas y divertidas de Millás. Un catedrático de economía empieza a ver hombrecillos en su casa. Esto le acarreará no pocos inconvenientes sobre todo cuando uno de ellos, una réplica exacta del protagonista, aparece en escena y empieza a exigirle cosas que pondrán al límite sus escrúpulos morales. La luz es más antigua que el amor, la octava novela de Ménendez Salmón (reseña y entrevista en este mismo número), utiliza a tres pintores y a un escritor para hablar acerca del arte y de la antigua relación que mantiene con el poder.
Rey Lear y Errata Naturae continúan rescatando para los lectores grandes autores y obras. Papini no ha podido encontrar mejor sitio que Rey Lear para presentarse de nuevo en sociedad. Ya recomendé aquí El piloto ciego, un excelente conjunto de cuentos prologados por la profesora Alicia Mariño, pues bien, Palabras y sangre creo que es aún más redondo, ya que no tiene ni un solo cuento que decaiga un ápice. Me soplan que la editorial prepara una nueva edición de Gog, aquella novela divertidísima sobre un excéntrico millonario norteamericano que leí hace tanto, y que volveré a disfrutar en cuanto la coqueta editorial shakesperiana lo publique. Errata Naturae, aunque más especializada en ensayo, publica dos libros muy breves que harán las delicias de cualquier aficionado a la buena literatura: Diario de un primer amor, precioso texto del poeta Leopardi y El niño criminal de Jean Genet. No te pierdas ninguno.
No hay perro que viva tanto (Edaf. Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe) de Francisco Balbuena, amigo y columnista de esta casa, relata la historia de un policía que se dedica a vengar la muerte de su madre arrebatándole la vida a todo el que se le ponga a tiro. Ambientada en El Rastro madrileño y cargada de mala uva, nuestro querido Paco ha escrito una historia tronchante, muy innovadora, ya que toda ella está escrita utilizando párrafos muy breves, tweets, un tipo de mensajes que al parecer se utiliza mucho en esto de internet.
Y para terminar, mencionaré la última y extraordinaria novela de E.L. Doctorow, Homer y Langley (Miscelánea) y De qué hablo cuando hablo de correr (Tusquets), un ensayo en donde Haruki Murakami reflexiona sobre este deporte y la relación que para él guarda con la literatura.
Mi mirada despliega el vuelo desde el teléfono y regresa a las cuencas de mis ojos. Atravieso las penumbras del pasillo. Me repantingo en el sillón, agotado, como si viniera de recorrer el mundo y experimentar mil y una aventuras, y escribo, sin que me interrumpa ningún Ring, ring.
Temístocles Roncero
Octubre, 2010.
Lo que sí he leído son todos los libros que paso a recomendarte a continuación.
Anagrama publica Agosto, Octubre de Andrés Barba y Un adúltero americano de Jed Mercurio. La primera es una novela corta, de apenas 150 páginas, que cuenta el verano de un adolescente de quince años y de cómo éste le cambiará su vida para siempre. Hermosa e intensa historia sobre el amor y el perdón. La segunda es una suerte de biografía novelada sobre el presidente Kennedy, un irónico y absorbente retrato que nos muestra a un ser obsesionado con el sexo y como esto le afecta en su carrera política y en su vida familiar.
Las últimas novelas de Juan José Millás y de Ricardo Menéndez Salmón aparecen en Seix-Barral. Lo qué sé de los hombrecillos es una de las historias más redondas y divertidas de Millás. Un catedrático de economía empieza a ver hombrecillos en su casa. Esto le acarreará no pocos inconvenientes sobre todo cuando uno de ellos, una réplica exacta del protagonista, aparece en escena y empieza a exigirle cosas que pondrán al límite sus escrúpulos morales. La luz es más antigua que el amor, la octava novela de Ménendez Salmón (reseña y entrevista en este mismo número), utiliza a tres pintores y a un escritor para hablar acerca del arte y de la antigua relación que mantiene con el poder.
Rey Lear y Errata Naturae continúan rescatando para los lectores grandes autores y obras. Papini no ha podido encontrar mejor sitio que Rey Lear para presentarse de nuevo en sociedad. Ya recomendé aquí El piloto ciego, un excelente conjunto de cuentos prologados por la profesora Alicia Mariño, pues bien, Palabras y sangre creo que es aún más redondo, ya que no tiene ni un solo cuento que decaiga un ápice. Me soplan que la editorial prepara una nueva edición de Gog, aquella novela divertidísima sobre un excéntrico millonario norteamericano que leí hace tanto, y que volveré a disfrutar en cuanto la coqueta editorial shakesperiana lo publique. Errata Naturae, aunque más especializada en ensayo, publica dos libros muy breves que harán las delicias de cualquier aficionado a la buena literatura: Diario de un primer amor, precioso texto del poeta Leopardi y El niño criminal de Jean Genet. No te pierdas ninguno.
No hay perro que viva tanto (Edaf. Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe) de Francisco Balbuena, amigo y columnista de esta casa, relata la historia de un policía que se dedica a vengar la muerte de su madre arrebatándole la vida a todo el que se le ponga a tiro. Ambientada en El Rastro madrileño y cargada de mala uva, nuestro querido Paco ha escrito una historia tronchante, muy innovadora, ya que toda ella está escrita utilizando párrafos muy breves, tweets, un tipo de mensajes que al parecer se utiliza mucho en esto de internet.
Y para terminar, mencionaré la última y extraordinaria novela de E.L. Doctorow, Homer y Langley (Miscelánea) y De qué hablo cuando hablo de correr (Tusquets), un ensayo en donde Haruki Murakami reflexiona sobre este deporte y la relación que para él guarda con la literatura.
Mi mirada despliega el vuelo desde el teléfono y regresa a las cuencas de mis ojos. Atravieso las penumbras del pasillo. Me repantingo en el sillón, agotado, como si viniera de recorrer el mundo y experimentar mil y una aventuras, y escribo, sin que me interrumpa ningún Ring, ring.
Temístocles Roncero
Octubre, 2010.
Artículo publicado en la revista Otro Lunes.
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