jueves 16 de septiembre de 2010

LOS LIBROS Y LOS DÍAS (VIII)

Ave de presa dulce es el aire
yo nunca volé como tú sobre hombres y árboles
para lanzarme en picado bajo el sol
llevar conmigo a la luz lo robado
y alejarme volando en el verano.


Sarah Kirsch.


Estoy en mi casa de Admorum, tumbado en la cama, solo en la oscuridad, pensando que la pereza es la madre de todos los vicios y que el verano nos empuja a ella con más obstinación que el resto de las estaciones. La pegajosa calima, que no remite un ápice ni en las horas más frescas de la noche, y este aluvión de recuerdos –de imágenes y de voces– que ya creíamos sepultados en la memoria, desterrados en los lugares más recónditos y ahora reverdecidos milagrosamente debido al influjo del verano, provocan en la psique una fuerte e indómita dejadez, el deseo de no pegar un palo al agua, si acaso leer algún libro o pasear por el campo a última hora de la tarde, cuando los hortelanos regresan cansados de regar las huertas y el sol y la luna se miran con fijeza sin poder abrazarse.

Son algo menos de las nueve y ya tengo el pijama puesto. Ando tristón, la mirada cabizbaja y el ánimo desmayado, y la mejor forma de remediarlo es abandonarse al tamiz del sueño. Acostarse temprano como hacía Proust.

A mediodía, sentado en la mecedora de enea a la sombra del naranjo, concluida la lectura de Triste solitario y final (Seix-Barral) de Osvaldo Soriano, parodia protagonizada por un vencido Philip Marlowe en donde el autor se rodea de sus ídolos de infancia y adolescencia –no en vano la novela está dedicada a Raymond Chandler y a la mítica pareja del Gordo y el Flaco–, y disfrutando con la edición ilustrada de Alicia en el País de las Maravillas (sextopiso) y con el tebeo de Fahrenheit 451 (451 editores), el clásico de Ray Bradbury inmortalizado en celuloide por Truffaut y ahora plasmado en viñetas por Tim Hamilton, un vilano, un puñetero vilano se posa en mi nariz para luego remontar el vuelo y desaparecer ingrávido cielo arriba, muy arriba, dejándome en el cuerpo un temblor de desamparo.

Es irremediable. El Rubicón del verano ya está cruzado y apenas nos quedan sueños para afrontar un nuevo otoño. La felicidad se acaba. Por eso estoy así, metido en la cama, a oscuras, en silencio, enrabietado como un político que pierde las elecciones, esperando ser cubierto por la marea del sueño que no llega, cada vez más agitado y con peores humos.

–Hoy estás de mala leche –me dice mi amigo Solutor.
–He pasado mala noche.
–Ja, ja, ja, ja.
–¿De qué diantre te ríes?
–A pesar de ser un viejo avinagrado en el fondo eres el mismo de siempre, aquel niño que conocía todas las albercas del término y nos llevaba hasta ellas para pegarnos un chapuzón, trepaba a lo más alto de las higueras para coger los mejores higos, y se encerraba en su casa los últimos días del verano porque no podía soportar que éste finalizase. Y eso es precisamente lo que te pasa.
–En absoluto. El verano se acaba pero ya vendrá otro…
Seguimos caminando. Un incómodo y denso silencio se establece entre nosotros, sólo mitigado por el ruido de los pasos sobre la gravilla y el monótono concierto de las chicharras.
–Por cierto, ¿has leído Tiempo de vida (Anagrama) de Giralt Torrente? –le pregunto.
–No.
–Es un libro confesional, muy bien escrito, sobre la complicada relación de un padre y un hijo, los silencios y los miedos que la habitan a lo largo de los años y cómo al final la vida les regala una oportunidad para estar juntos y restañar las heridas. Es conmovedor.
–Anotado queda. ¿Conoces los artículos que escribió Chaves Nogales sobre la irrupción del nazismo en Francia?
–Sí, son magistrales. Están recopilados bajo el título de La agonía de Francia, en Libros del Asteroide.
–Joder, te lo has leído todo. Es imposible recomendarte nada…
–No exageres.
–…pero seguro que no conoces El hijo del futbolista, la primera y preciosa novela de Coradino Vega, un talentoso escritor al que le auguro una brillante carrera.
–Ja, ja, claro que lo conozco, ha sido una de las narraciones que más he disfrutado en las últimas semanas. El autor ha logrado una de las cosas más difíciles: crear una atmósfera intensa y delicada, muy poética y reconocible para el lector.
–Ya no pienso hablar más de libros contigo hasta el año que viene. Me sacas de quicio.

Y los dos amigos se alejan despacio, con aire calmo, apurando al máximo los últimos y dorados estertores del día, resonando en sus cabezas el eco de unos versos de El Reino Blanco, el último libro de Luis Alberto de Cuenca:

Hay quien nos dice: “Amigos, esta historia
ya no va a durar mucho. El invierno se acerca.”
Y le decimos: “Somos caballeros
del verano. El invierno no llegará a alcanzarnos.
Mientras el cuerpo aguante,
cantaremos canciones para olvidar el frío.
En las canciones es verano siempre.”



Temístocles Roncero
Septiembre, 2010.

Artículo publicado en la revista Otro Lunes.

4 comentarios:

Isabel dijo...

Como el mismo Temístocles dice “el verano se acaba pero llegará otro”. Y si no viene, siempre podemos inventarnos un verano. Inventar como hacen las lechuzas: la luna es el día, el sol la noche. Y ya se sabe que la lechuza es metáfora de sabiduría. Gracias por las recomendaciones literarias, Loren. Tomo nota.

Solutor dijo...

Ah, el melancólico Temístocles. Sigues siendo el mismo chaval que conocí hace cincuenta años. Un abrazo de tu amigo Solutor.

Loren dijo...

Gracias a ti, Isabel. Un beso.

Le daré el abrazo de tu parte, Solutor. Otro para ti.

alba dijo...

Me gusta el tuyo. Ya te dije que estaba en proceso, esta naciendo todavia. No tengo ni imagen personal como la tuya, que, por cierto, me gusta bastante.
Tuve tro blog que usaba mas, pero es mas personal, asi que decidi hacer uno un poco mas público. Solo que la idea se quedó a la miad. Hace tiempo que dejé de tener tantas ideas como antes y lo tengo todo en papel. Creo que voy a empezar a dedicarme mas al blog! =)
Un beso