“Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta,
entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres”
Nicolás Gómez Dávila.
El tiempo es una cabra enloquecida que trisca y ramonea alegremente por las aceras del ancho mundo. Estamos a finales de junio y quién lo diría. La lluvia y el frío repintan los días con el color del invierno; las ramas de los árboles crujen, se baten furiosas como alas de gigantescos murciélagos; la espátula de la niebla lo cubre todo. También nuestros sueños.
De repente, un rectángulo de luz se abre, recorta la negra noche y aparece la silueta de un hombre, un viejo que se apoya en la barandilla del balcón, con los ojos bien abiertos, cuajados de letras, esperando vete a saber qué. Ha parado de llover y la ausencia del ruido que provocan las gotas al chocar contra los cristales lo ha desvelado. Quizá ya no vuelva la lluvia, se dice. Y enciende la lámpara, se pone la bata y se asoma a la calle, mira fijamente el charco del cielo, parece que los nubarrones se disipan, aguardando la manifestación de algún indicio que le haga advertir la inminente irrupción del verano, un rayo de luz que lo devuelva intacto a las adoquinadas calles de Admorum, al tañido del reloj del ayuntamiento, situado en la Plaza de Arriba, que no pocas veces se mezcla y confunde con el de las campanas de la iglesia, situada en la Plaza de Abajo, enfrente del Casino donde sus amigos y él juegan al dominó y ríen a carcajadas todas las tardes, a los paseos por el campo punteado por hileras de olivos junto a Solutor Pellitero, compañero de juegos y correrías desde la infancia, también viudo, mientras intercambian confidencias y recomendaciones de libros, esos que han leído durante el resto del año para hablar sobre ellos y así amenizar las caminatas campestres, a la vieja casa de sus padres, que aún se mantiene en pie dando ejemplo de firmeza, envuelta por la canícula de la siesta, piedra de oro, y en el patio un pozo y un naranjo que desde siempre están ahí.
Una veta dorada recorre sus ojos. Sí, hablar de literatura con su amigo Solutor es una de las rutinas más agradables del verano, un aliciente al que se agarra con ímpetu cuando el espíritu denota flaqueza y falta de brío. Recuerda una carta de Turgueniev a Balzac: “Me enorgullezco de ser su contemporáneo”, escribe el ruso, y piensa que no debe existir en el jodido mundo declaración de amistad más hermosa. Recuerda también las páginas que dedicó Montaigne a este noble sentimiento –tiene sus Ensayos completos sobre la mesita de noche, en una imprescindible edición de Cátedra, junto con La importancia de no hacer nada (Rey Lear), lúcido ensayo de Oscar Wilde, El libro del desasosiego (Baile del sol) de Pessoa, El daño oculto (Lengua de Trapo) de James Stern, El emperador de Occidente (Alfabia) del gran Pierre Michon y el tercer volumen de los Relatos de Kolimá (Minúscula) de Shalámov, verdaderas joyas que no deben faltar en ninguna biblioteca ni isla desierta–, y una cosa le lleva a otra y, como arrastrados a la orilla de su memoria por las encrespadas olas del viento, comparecen uno detrás de otro algunos de los libros que ha devorado en las últimas semanas:
La forma de la noche (Rey Lear) de Juan Pedro Aparicio. Excelente novela sobre la guerra civil española y unos tigres escapados de un circo que campan a sus anchas por las líneas del frente despertando la imaginación y el terror de los dos bandos. Entretenida y llena de hondura, a la manera de los relatos clásicos, con esa prosa tan cuidada que caracteriza al autor de El año del francés y El transcantábrico. Uno de nuestros mejores novelistas.
Fin (Acantilado) de David Monteagudo. Su primera novela y todo un éxito de ventas con más de nueve ediciones. No voy a contar nada acerca del argumento para no estropear el factor sorpresa, tan solo diré que el ritmo de la historia es trepidante hasta llegar a un acertado broche final. También leo con agrado El Don de la vida (Alfaguara), la última novela del colombiano Fernando Vallejo. Un diálogo que mantiene el provocador autor con un personaje misterioso en un parque de Medellín. El sexo, la muerte, Dios, la literatura, son algunos de los temas recurrentes en la obra de Vallejo y vuelven a tener protagonismo en este libro sobre la vejez.
John Irving es uno de los grandes escritores contemporáneos y creo que su obra dickensiana debería ser reconocida por el premio Nobel. Alguien que nos ha hecho disfrutar tanto con novelas como El mundo según Garp, Oración por Owen o Una mujer difícil merece todo mi aprecio personal e intelectual. Ahora regresa con La última noche en Twisted River, donde las peripecias de un padre y un hijo, que se ven obligados a emprender una extenuante huida por un mortal accidente, nos sumergen en la vida estadounidense de las últimas cinco décadas.
El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince y La importancia de las cosas de Marta Rivera de la Cruz. El primero es un sentido homenaje del autor a su malogrado padre, un médico asesinado por cometer el grave delito de ser buena persona; hermoso y trágico texto en la línea de Patrimonio de Philip Roth, La invención de la soledad de Paul Auster y El libro de mi madre de Albert Cohen. El segundo cuenta la historia de Mario Menkell, profesor universitario y escritor de una única y exitosa novela, y el gran vuelco que da su vida cuando tiene que hacerse cargo de los efectos personales de su inquilino, Fernando Montalvo, que acaba de suicidarse. Entretenida y muy bien construida historia sobre las segundas oportunidades que nos depara el destino juguetón.
Hace ya mucho tiempo que Enrique Vila-Matas se ha convertido en un género en sí mismo. Dueño de un posmoderno mundo narrativo, cada libro suyo se asienta en una obra o autor reconocido; ahora con Dublinesca le llega el turno al Ulises de Joyce (en concreto al capítulo cinco) y a la obra de Beckett. Barcelona y Dublín son el escenario de esta historia, aunque el protagonista vive obsesionado con Nueva York, ya que allí se encuentra el centro de su felicidad. Kirmen Uribe aprovecha un viaje a esta ciudad para meditar acerca de la historia de su familia, pescadores en la costa de Vizcaya, y ya de paso contárnoslo en Bilbao-New York-Bilbao, preciosa novela ganadora del Premio Nacional de Literatura. Dos títulos que engrosan el nutrido catálogo de Seix-Barral.
Sobre el autor del Lazarillo han llovido las teorías: Fray Juan de Ortega, los hermanos Valdés, Juan Luis Vives, Sebastián de Horozco…, han sido algunos de los nombres propuestos, no siempre con argumentos válidos. Ahora una ilustre investigadora, Mercedes Agulló, en A vueltas con el Lazarillo (Calambur) recoge la vieja hipótesis acerca de Diego Hurtado de Mendoza, aportando testimonios documentales de indudable interés, que pueden dar una vuelta de tuerca a este problema apasionante que plantea la novela fundadora de la narrativa moderna.
Temístocles Roncero.
Junio, 2010.
entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres”
Nicolás Gómez Dávila.
El tiempo es una cabra enloquecida que trisca y ramonea alegremente por las aceras del ancho mundo. Estamos a finales de junio y quién lo diría. La lluvia y el frío repintan los días con el color del invierno; las ramas de los árboles crujen, se baten furiosas como alas de gigantescos murciélagos; la espátula de la niebla lo cubre todo. También nuestros sueños.
De repente, un rectángulo de luz se abre, recorta la negra noche y aparece la silueta de un hombre, un viejo que se apoya en la barandilla del balcón, con los ojos bien abiertos, cuajados de letras, esperando vete a saber qué. Ha parado de llover y la ausencia del ruido que provocan las gotas al chocar contra los cristales lo ha desvelado. Quizá ya no vuelva la lluvia, se dice. Y enciende la lámpara, se pone la bata y se asoma a la calle, mira fijamente el charco del cielo, parece que los nubarrones se disipan, aguardando la manifestación de algún indicio que le haga advertir la inminente irrupción del verano, un rayo de luz que lo devuelva intacto a las adoquinadas calles de Admorum, al tañido del reloj del ayuntamiento, situado en la Plaza de Arriba, que no pocas veces se mezcla y confunde con el de las campanas de la iglesia, situada en la Plaza de Abajo, enfrente del Casino donde sus amigos y él juegan al dominó y ríen a carcajadas todas las tardes, a los paseos por el campo punteado por hileras de olivos junto a Solutor Pellitero, compañero de juegos y correrías desde la infancia, también viudo, mientras intercambian confidencias y recomendaciones de libros, esos que han leído durante el resto del año para hablar sobre ellos y así amenizar las caminatas campestres, a la vieja casa de sus padres, que aún se mantiene en pie dando ejemplo de firmeza, envuelta por la canícula de la siesta, piedra de oro, y en el patio un pozo y un naranjo que desde siempre están ahí.
Una veta dorada recorre sus ojos. Sí, hablar de literatura con su amigo Solutor es una de las rutinas más agradables del verano, un aliciente al que se agarra con ímpetu cuando el espíritu denota flaqueza y falta de brío. Recuerda una carta de Turgueniev a Balzac: “Me enorgullezco de ser su contemporáneo”, escribe el ruso, y piensa que no debe existir en el jodido mundo declaración de amistad más hermosa. Recuerda también las páginas que dedicó Montaigne a este noble sentimiento –tiene sus Ensayos completos sobre la mesita de noche, en una imprescindible edición de Cátedra, junto con La importancia de no hacer nada (Rey Lear), lúcido ensayo de Oscar Wilde, El libro del desasosiego (Baile del sol) de Pessoa, El daño oculto (Lengua de Trapo) de James Stern, El emperador de Occidente (Alfabia) del gran Pierre Michon y el tercer volumen de los Relatos de Kolimá (Minúscula) de Shalámov, verdaderas joyas que no deben faltar en ninguna biblioteca ni isla desierta–, y una cosa le lleva a otra y, como arrastrados a la orilla de su memoria por las encrespadas olas del viento, comparecen uno detrás de otro algunos de los libros que ha devorado en las últimas semanas:
La forma de la noche (Rey Lear) de Juan Pedro Aparicio. Excelente novela sobre la guerra civil española y unos tigres escapados de un circo que campan a sus anchas por las líneas del frente despertando la imaginación y el terror de los dos bandos. Entretenida y llena de hondura, a la manera de los relatos clásicos, con esa prosa tan cuidada que caracteriza al autor de El año del francés y El transcantábrico. Uno de nuestros mejores novelistas.
Fin (Acantilado) de David Monteagudo. Su primera novela y todo un éxito de ventas con más de nueve ediciones. No voy a contar nada acerca del argumento para no estropear el factor sorpresa, tan solo diré que el ritmo de la historia es trepidante hasta llegar a un acertado broche final. También leo con agrado El Don de la vida (Alfaguara), la última novela del colombiano Fernando Vallejo. Un diálogo que mantiene el provocador autor con un personaje misterioso en un parque de Medellín. El sexo, la muerte, Dios, la literatura, son algunos de los temas recurrentes en la obra de Vallejo y vuelven a tener protagonismo en este libro sobre la vejez.
John Irving es uno de los grandes escritores contemporáneos y creo que su obra dickensiana debería ser reconocida por el premio Nobel. Alguien que nos ha hecho disfrutar tanto con novelas como El mundo según Garp, Oración por Owen o Una mujer difícil merece todo mi aprecio personal e intelectual. Ahora regresa con La última noche en Twisted River, donde las peripecias de un padre y un hijo, que se ven obligados a emprender una extenuante huida por un mortal accidente, nos sumergen en la vida estadounidense de las últimas cinco décadas.
El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince y La importancia de las cosas de Marta Rivera de la Cruz. El primero es un sentido homenaje del autor a su malogrado padre, un médico asesinado por cometer el grave delito de ser buena persona; hermoso y trágico texto en la línea de Patrimonio de Philip Roth, La invención de la soledad de Paul Auster y El libro de mi madre de Albert Cohen. El segundo cuenta la historia de Mario Menkell, profesor universitario y escritor de una única y exitosa novela, y el gran vuelco que da su vida cuando tiene que hacerse cargo de los efectos personales de su inquilino, Fernando Montalvo, que acaba de suicidarse. Entretenida y muy bien construida historia sobre las segundas oportunidades que nos depara el destino juguetón.
Hace ya mucho tiempo que Enrique Vila-Matas se ha convertido en un género en sí mismo. Dueño de un posmoderno mundo narrativo, cada libro suyo se asienta en una obra o autor reconocido; ahora con Dublinesca le llega el turno al Ulises de Joyce (en concreto al capítulo cinco) y a la obra de Beckett. Barcelona y Dublín son el escenario de esta historia, aunque el protagonista vive obsesionado con Nueva York, ya que allí se encuentra el centro de su felicidad. Kirmen Uribe aprovecha un viaje a esta ciudad para meditar acerca de la historia de su familia, pescadores en la costa de Vizcaya, y ya de paso contárnoslo en Bilbao-New York-Bilbao, preciosa novela ganadora del Premio Nacional de Literatura. Dos títulos que engrosan el nutrido catálogo de Seix-Barral.
Sobre el autor del Lazarillo han llovido las teorías: Fray Juan de Ortega, los hermanos Valdés, Juan Luis Vives, Sebastián de Horozco…, han sido algunos de los nombres propuestos, no siempre con argumentos válidos. Ahora una ilustre investigadora, Mercedes Agulló, en A vueltas con el Lazarillo (Calambur) recoge la vieja hipótesis acerca de Diego Hurtado de Mendoza, aportando testimonios documentales de indudable interés, que pueden dar una vuelta de tuerca a este problema apasionante que plantea la novela fundadora de la narrativa moderna.
Temístocles Roncero.
Junio, 2010.
Artículo publicado en la revista Otro Lunes.
2 comentarios:
Creo recordar que César Talión me dijo que iba a visitar a Temístocles y Solutor a principios de julio. Claro que eso me lo comentó unos días antes de ser devorado por una pitón en Brasil. Luego me escribió que la serpiente no le había masticado, y que había estado muy a gusto dentro de su vientre varios días, hasta que empezó a desplazarse hacia la extremidad inferior del reptil...
Creo que ahora sí, César Talión irá a reunirse con tus amigos.
Un saludo.
Gonzi, César Talión ya está por aquí, lo he visto esta mañana yendo hacia la churrería y se ha tirado dos horas relatándome las peripecias de sus últimos viajes. También me ha dicho que anda molesto contigo -vete a saber por qué.
Saludos veraniegos.
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