martes, 11 de febrero de 2014

LOS LIBROS Y LOS DÍAS (XXI)



Cuando se está muy juntos se está seguro,
aunque fuera circulen los fantasmas.

Keyserling. Princesas

Mi nuevo amor se llama Elena, aunque ella todavía no lo sabe. Quién iba a decirme que, en este último tramo de la vida, en este invierno caldeado única y ocasionalmente por el calor de los libros y acaso también el de alguna charla con algún amigo o conocido, volvería a enamorarme…

Han pasado ya veinticinco años desde que Julio Llamazares publicara La lluvia amarilla, novela que aún hoy se sigue traduciendo y reeditando, verdadero long seller, como nos demuestra la edición especial que ha preparado Seix-Barral para celebrar este aniversario. Incluye un nuevo prólogo del autor y un documental, narrado por el actor José Sacristán, que muestra el escenario pirenaico donde se desarrolla la historia de Andrés y del pueblo abandonado en el que vive. Simultáneamente aparece Las lágrimas de San Lorenzo (Alfaguara), hermosa novela sobre el paso del tiempo, donde un padre le cuenta a su hijo los recuerdos que le van despertando las estrellas fugaces que atraviesan la famosa noche de agosto.  

He leído varias novelas de Amélie Nothomb y, aunque me gustan sus inicios y planteamientos, los finales suelen decepcionarme. Estupor y temblores y Cosmética del enemigo son, para mí, sus libros más logrados, aunque siempre encuentro en todos algún detalle interesante. En el último publicado en España, Matar al padre (Anagrama), nos encontramos ante una de sus obras más retorcidas donde se insinúa una suerte de triángulo amoroso protagonizado por dos magos y una bailarina, cuyo desenlace deja ver al lector el artificio de un rebuscado truco de magia.

Javier Puebla, mi antiguo compañero de natación, publica Pequeñas historias africanas (Haz Milagros), conjunto de relatos ambientados en África, durísimos pero agradables de leer, de los que el autor asegura que están inspirados en historias reales.  
Continúa Enrique Redel, al frente de Impedimenta, la tarea de publicar libros que aporten a la mesa de novedades literatura de calidad bellamente editada. A la lista de autores que no conocía y que he descubierto gracias a él tengo que sumar al rumano Cărtărescu, cuyos perturbadores relatos han suscitado en los últimos años un creciente interés entre crítica y lectores. Algunos de estos relatos se recogen en Nostalgia, su tercer libro en esta editorial. Son historias cuyos personajes se topan con mundos extraños en tramas que ahondan en la sexualidad y lo desconocido. De todos estos cuentos mi favorito es, sin embargo, el que más se aleja de estos aspectos: «El Ruletista», una nouvelle en la línea de la literatura rusa decimonónica que narra los avatares de un personaje perseguido por la mala suerte. Este sello también nos obsequia con ¡Abajo el colejio!, un libro de Geoffrey Willans e ilustrado por Ronald Searle en una colaboración al más puro estilo de Sempé y Goscinny, pero a la inglesa y muy gamberro. Excelentemente traducido por Jon Bilbao, que traslada al castellano la ortografía de un pésimo estudiante de un internado británico.

Por cierto, si menciono a Bilbao no puedo pasar por alto Shakespeare y la ballena blanca, su regreso a la ficción de la mano de Tusquets, tras una prolongada estancia en Salto de Página, en lo que parece ser el comienzo de una larga amistad. La novela, protagonizada por el célebre dramaturgo y el mítico animal de Melville, oscila entre la novela de aventuras y la metaliteratura, con ese Shakespeare obsesionado por encontrar la mejor forma de llevar al escenario su encuentro con la ballena.

Unos se van y otros llegan, y Juan Pedro Aparicio acaba de aterrizar en Salto de Página con una reedición de El viajero de Leicester, novela de género poblada por personajes que viven a caballo entre la vida y la muerte. Aparicio, autor de novelas fundamentales como El año del francés, Retratos de ambigú y La forma de la noche, nos regala una espléndida novela de atmósfera fantástica poco vista por estos lares. En la misma senda imaginativa, Salto rescata La guerra de los dos mil años de Francisco García Pavón, uno de mis escritores favoritos. Conjunto de cuentos fantásticos (el único libro de este género, junto con la novela Cerca de Oviedo, que llegaría a escribir el autor), así como de ciencia ficción, en su época (años sesenta) supuso un acercamiento innovador y desacomplejado a la literatura de género en un país tristemente realista.

Ya recomendé aquí Una biblioteca de verano, de Mary Ann Clark Bremer, primera entrega de una serie de novelas autobiográficas que ahora prosigue Cuando acabe el invierno, librito agradable de leer que, al igual que el primero, constituye un canto de amor a los libros y a los lectores.
La poeta Ana Merino debuta como dramaturga con Amor: Muy Frágil, que el lector encontrará en Reino de Cordelia. La obra, delicada y llena de fuerza, expone las contradicciones y claroscuros de sus personajes con una tensión que va en aumento y que culmina en un final inesperado. Aplausos para la autora.
Y ya, para terminar por esta vez, quiero recomendar a los seguidores de Félix Romeo sus cuatro novelas (Dibujos animados, Discothèque, Amarillo y Noche de los enamorados) agrupadas en un solo volumen en DeBolsillo, una excelente (y económica) oportunidad de conocer más a fondo la obra de este autor que no hace mucho nos abandonó.

… Vamos paseando por la calle con la lentitud que dan los años, bajo este sol de julio que acalla a todos aquellos lumbreras que vaticinaban que este año no habría verano, separados pero lo bastante juntos como para que, en el momento en que uno de los dos extienda levemente la mano, roce la del otro.     
—¿Y todos esos libros te has leído? —me pregunta Elena con asombro.
—Y algunos más… —respondo.
—¡Oh!
Y ese ¡oh!, como por arte de magia, hace que olvide mis dolores de huesos.

Temístocles Roncero
Julio, 2013.

jueves, 26 de septiembre de 2013

CHIRBES O EL REALISMO DEL SIGLO XXI



Ainize Salaberri, directora de Granite & Rainbow, me pidió hace unos meses un pequeño texto (apenas 300 palabras) sobre un novelista español que me gustara especialmente. Después de barajar algunos nombres, entre ellos el de Luis Landero o Javier Marías, me incliné por Rafael Chirbes, quizá por ser el último en incorporarse a ese grupo de grandes escritores que conforman mi educación sentimental.
Bueno, ahí va el texto:    
           

De entre mis escritores españoles favoritos —aquí,  al contrario de lo que algunos piensan, se cultiva mucha y muy buena literatura; sirva como ejemplo las últimas novelas que he leído: Shakespeare y la ballena blanca, Las lágrimas de San Lorenzo, Un amigo así, excelentes todas ellas—, Rafael Chirbes es mi hallazgo más tardío. Pese a haber leído La buena letra con quince o dieciséis años, fue mucho más tarde, debido a la estupenda adaptación televisiva de Crematorio, cuando me puse a devorar toda su obra. La tele rara vez propicia estos felices encuentros.
Desde que en 1988 quedara finalista del Herralde con Mimoun, su primera novela, hasta la recién publicada En la orilla, la obra de Chirbes se despliega pausada, al margen del reclamo de las modas, y constituye una de las radiografías más potentes y lúcidas de nuestra sociedad. Tomando como modelo el gran realismo: Balzac, Galdós (acaso Chirbes sea el escritor actual más galdosiano), sin obviar las técnicas narrativas del XX (monólogo interior, contrapunto), sus novelas arrojan luz sobre el paisaje moral de la España de los últimos ochenta años, desde la Guerra Civil hasta los rescoldos del boom inmobiliario. Así, todas ellas comparten una mirada compasiva, sensible, y una serie de personajes que revelan nuestras miserias. ¿Acaso el constructor de esa novela perfecta en su brevedad que es Los disparos del cazador no podría ser el Bertomeu de Crematorio? ¿Acaso los personajes de la segunda parte de La larga marcha no podrían ser los mismos que años después se reúnen para cenar en Los viejos amigos? Y ahí están los perros, aquellos perros desharrapados y hambrientos que perturban al protagonista de Mimoum y cuyas sombras se alargan hasta el cadáver que abre En la orilla, en esas aguas cenagosas que surgen tras el derrumbe del crecimiento económico.  



Lorenzo Rodríguez Garrido
Julio, 2013.                                       

jueves, 25 de abril de 2013

YA NO ES AYER



Ya no es ayer, mañana no ha llegado…
Francisco de Quevedo

En cuanto la música y el rumor de voces se desvanecían, nos montábamos en el coche y poníamos rumbo a La Estrella. La casa se quedaba sola, a la espera de nuestro regreso, acaso habitada por el fantasma de algún pariente que, aprovechando nuestra ausencia, se tumbaba en el sofá para ver la tele, fascinado por aquel invento.
 El coche, un SEAT 127 color verde esmeralda, cinco puertas y cuatro velocidades, era conducido por las manos tranquilas de mi abuelo. (A él le gustaba su coche y ese afecto era recíproco; de resultas, cuando mi abuelo nos dejó, el coche se durmió en señal de luto, y hasta hoy). En él también viajábamos mi abuela, mis padres, mi hermano y yo; a veces alguna prima o sobrina de mis abuelos. Y a esa tropa expedicionaria había que sumarle los distintos enseres y provisiones de los que nos pertrechábamos para pasar el día.
Una vez en carretera, apiñados como si fuéramos en una de esas diligencias que aparecen en las películas del Oeste, el aire y el sol se colaban por las ventanillas y la luz era tan intensa que parecía un tripulante más. Recorríamos el paisaje salpicado de olivos cantando mayos, esperando ver, a la vuelta de cada recodo, la silueta de la ermita recortada contra los árboles…
El ponernos en marcha con tal urgencia se debía a dos razones: la primera, encontrar un sitio lo suficientemente cómodo y agradable, a ser posible a la sombra de un chaparro, para poder instalarnos (latosa tarea, ya que por entonces, a la misma velocidad con la que surgen los hongos después de la lluvia, empezaban a proliferar las casetas y otro tipo de habitáculos, siendo cada vez más difícil encontrar un palmo de tierra sin “edificar”); la segunda y más importante, por lo menos para mis abuelos, llegar a la ermita con antelación suficiente para coger buen sitio y así disfrutar plenamente de la Fiesta. A mí la misa, lo reconozco, me aburría bastante y acudía a regañadientes. Envidiaba a mi hermano que, al ser mayor, podía escabullirse y darse un garbeo por los tenderetes que ofrecían juguetes baratos, trozos de coco, garrapiñadas y otras bagatelas de feria; o a mi padre, que solía quedarse en la barra con una cerveza y un pinchito moruno, preámbulo de la estupenda comida (tortilla de patatas, filetes rusos, chuletas empanadas) que había cocinado mi abuela. Lo único que me gustaba de la misa eran los mayos que se cantaban a su término: la música resonando con fuerza, las voces anegadas de emoción, los ojos encendidos por una nostalgia que la espátula del tiempo tardaría en borrar… Y uno sabía, con la clarividencia propia de los niños, que todo aquello era importante.
Bueno, esos eran los motivos que teníamos para salir pronto, y al parecer los compartíamos con todo el mundo, pues enseguida circulábamos en caravana con frecuentes retenciones. Varados en aquel mar de olivos, mi abuela se inquietaba, pensando que llegaba tarde a misa, y urgía a mi abuelo a que hiciese algo, acaso creyendo que el 127 disponía de un mecanismo que nos permitiría pasar por encima del resto de coches. Entonces, para distraerla y orillar su nerviosismo, mi abuelo contaba una anécdota: «Era uno de mayo y estábamos en Madrid. No sé por qué ese año no vinimos, quizá nos daba pereza o no nos venía bien. El caso es que fueron a vernos unos paisanos que tampoco habían ido a La Estrella y se les notaba tristones. Nos pusimos a charlar sobre el pueblo, la romería, la gente y, en un momento dado, nos quedamos en silencio. “Venga, vámonos ahora mismo”, dije yo. Cogimos un taxi en Bravo Murillo y nos dejó en la misma puerta de la ermita. El viaje se nos hizo interminable, pero la alegría fue inmensa. Pues bien, al día siguiente, durante la procesión, me encontré al taxista que nos había traído y, al preguntarle qué hacía allí, me dijo: “Chico, en mi vida he visto unas fiestas tan hermosas”. Y tenía razón».   



Lorenzo Rodríguez Garrido
Enero, 2013.

Publicado en el anurio Stella. 2013. 

miércoles, 20 de febrero de 2013

LOS LIBROS Y LOS DÍAS (XX)

Una de las cosas que más detesto es montarme en el ascensor con algún vecino. Las ciudades se han deshumanizado de tal forma (ahí están los tanatorios, asépticas morgues atendidas por funcionarios) que cuando dos o más personas coinciden en un ascensor no saben qué decirse. De resultas, agachan la cabeza y desvían la vista, procurando no encontrar sus miradas. Quizá, si hay cierta confianza, inician una conversación acerca del tiempo:
−Qué frío hace, ¿eh?
−Sí, es lo que tiene el invierno.
−Ya, pero hace demasiado frío.

Acabo de padecer esta conversación y me ha puesto tan nervioso que, al entrar en casa, lo primero que he hecho ha sido dirigirme a la biblioteca, buscando la paz que sólo los libros saben procurarme. Al azar, he cogido Entre la ciudad sí y la ciudad no del celebérrimo Evgueni Evtuchenko, en mi edición de Alianza del año 68. Abro el libro y aparece uno de mis poemas favoritos, un poema con el que siempre me he identificado. Lo trascribo entero porque, sin duda, merece la pena:
 
Quiero ser un poco anticuado
para que el tiempo no me borre,
para que no se avergüencen los muertos de mí,
ellos, que conocían el antiguo y buen sentido de la vida. 

Quiero ser escrupuloso, un poco raro
y cortés, a la manera antigua,
pero, conservándome sensible y refinado, 
quiero mantener frente a la ruindad la antigua y buena opinión.
  
Quiero ser erudito y fino,
vivir sin creer en el brillo de las frases falsas,
escuchando tan sólo la voz de la conciencia,
la que nunca traiciona, antigua y buena voz.
 
Quiero ser eternamente joven,
pero de los que recuerdan las lecciones de los años pasados.
Quiero aconsejar como un antiguo y buen abuelo
a los jóvenes que aún están soñando. 

Así escribo, hundido en mis pensamientos.
Y, para transmitirles todo esto a ustedes,
acude en mi ayuda un yambo, ya cambiado,
pero que sigue siendo el antiguo y buen yambo.  

Después, algo más apaciguado, abro la Poesía completa de Paul Auster, recién publicada por Seix-Barral, y me sorprende la enorme calidad de algunos de sus poemas. Esta edición bilingüe, que incluye un estupendo prólogo de Jordi Doce, es indispensable para todo aquel que quiera profundizar en el mundo literario de Auster, autor que tantos momentos felices me ha regalado. A la aparición de su obra poética hay que sumarle Aquí y ahora, recopilación de cartas entre él y Coetzee desde 2008 hasta 2011, edición especial publicada conjuntamente por Anagrama y Mondadori. De lectura amena aunque algo superficial, por el libro desfilan asuntos como la crisis económica, la creación literaria o el deporte, pudiendo resultar una pequeña decepción para los lectores habituales de estos dos amigos. Por fortuna, Booket nos resarce con otro título del autor neoyorquino en una preciosa edición ilustrada: El cuento de Navidad de Auggie Wren, sutil historia que ya nos diera a conocer la película Smoke.  

La joven editorial Nocturna continúa la tarea de rescatar la obra de Eduard Von Keyserling, escritor impresionista por excelencia con resonancias de Chéjov y Lampedusa y admirado por Thomas Mann. A los cuatro títulos publicados en su catálogo se incorpora Dumala, excelente novela, ambientada en un palacio bajo la nieve perpetua, que ahonda en los entresijos de un conflicto amoroso. 

Creo que José María Merino, académico de la RAE, es uno de los escritores que más han hecho por dignificar el género fantástico en España. En los últimos meses, la colección Letras Populares de Cátedra ha reeditado Los invisibles, deliciosa novela protagonizada por un chico que, después de tocar  una extraña flor en la noche de San Juan, se volverá invisible. Estructurada en tres partes, con la aparición del autor en una de ellas, nos encontramos ante una fábula que evoca la mejor literatura popular. También de Merino, aunque desligada de lo fantástico, aparece El río del Edén (Alfaguara), elegida por El Cultural de El Mundo la mejor novela española del pasado año. En ella somos testigos del viaje que hacen un hombre y su hijo con síndrome de Down (espléndido personaje) llevando las cenizas de la madre. Emotiva historia de amor y de traiciones, narrada magistralmente en segunda persona, el autor logra una de sus mejores obras. 

Francis Scott Fitzgerald es uno de mis escritores favoritos. Sus cuentos y novelas me han acompañado a lo largo de mi vida y he vuelto a ellos en numerosas ocasiones. La adolescencia de Basil Duke Lee, novela que no conocía, publicada por entregas entre la primavera de 1928 y la de 1929 en The Saturday Evening Post, acaba de salir en Rey Lear. A lo largo de sus páginas, se nos presenta a Basil Duke, desde la temprana adolescencia hasta que entra en la universidad, toda una galería de peripecias llenas de humor y ternura que sirven de precedente a El guardián entre el centeno. Como curiosidad para los amantes de Fitzgerald, 451 acaba de publicar SuperZelda, tebeo que plasma la caótica vida de su mujer, así como su turbulenta relación. 

Antes he comentado que odio tropezarme con alguien en el ascensor. Bueno, depende de con quién… Reconozco que si es con cierta vecina no me importa lo más mínimo, pues aprovecho su compañía para mantener una profunda conversación sobre el parte meteorológico. Nunca los cirros, cúmulos y estratos se habían vuelto tan apasionantes como hasta ahora. Y quizá algún día, en algún momento...

Temístocles Roncero
Enero, 2013.