jueves, 25 de abril de 2013

YA NO ES AYER



Ya no es ayer, mañana no ha llegado…
Francisco de Quevedo

En cuanto la música y el rumor de voces se desvanecían, nos montábamos en el coche y poníamos rumbo a La Estrella. La casa se quedaba sola, a la espera de nuestro regreso, acaso habitada por el fantasma de algún pariente que, aprovechando nuestra ausencia, se tumbaba en el sofá para ver la tele, fascinado por aquel invento.
 El coche, un SEAT 127 color verde esmeralda, cinco puertas y cuatro velocidades, era conducido por las manos tranquilas de mi abuelo. (A él le gustaba su coche y ese afecto era recíproco; de resultas, cuando mi abuelo nos dejó, el coche se durmió en señal de luto, y hasta hoy). En él también viajábamos mi abuela, mis padres, mi hermano y yo; a veces alguna prima o sobrina de mis abuelos. Y a esa tropa expedicionaria había que sumarle los distintos enseres y provisiones de los que nos pertrechábamos para pasar el día.
Una vez en carretera, apiñados como si fuéramos en una de esas diligencias que aparecen en las películas del Oeste, el aire y el sol se colaban por las ventanillas y la luz era tan intensa que parecía un tripulante más. Recorríamos el paisaje salpicado de olivos cantando mayos, esperando ver, a la vuelta de cada recodo, la silueta de la ermita recortada contra los árboles…
El ponernos en marcha con tal urgencia se debía a dos razones: la primera, encontrar un sitio lo suficientemente cómodo y agradable, a ser posible a la sombra de un chaparro, para poder instalarnos (latosa tarea, ya que por entonces, a la misma velocidad con la que surgen los hongos después de la lluvia, empezaban a proliferar las casetas y otro tipo de habitáculos, siendo cada vez más difícil encontrar un palmo de tierra sin “edificar”); la segunda y más importante, por lo menos para mis abuelos, llegar a la ermita con antelación suficiente para coger buen sitio y así disfrutar plenamente de la Fiesta. A mí la misa, lo reconozco, me aburría bastante y acudía a regañadientes. Envidiaba a mi hermano que, al ser mayor, podía escabullirse y darse un garbeo por los tenderetes que ofrecían juguetes baratos, trozos de coco, garrapiñadas y otras bagatelas de feria; o a mi padre, que solía quedarse en la barra con una cerveza y un pinchito moruno, preámbulo de la estupenda comida (tortilla de patatas, filetes rusos, chuletas empanadas) que había cocinado mi abuela. Lo único que me gustaba de la misa eran los mayos que se cantaban a su término: la música resonando con fuerza, las voces anegadas de emoción, los ojos encendidos por una nostalgia que la espátula del tiempo tardaría en borrar… Y uno sabía, con la clarividencia propia de los niños, que todo aquello era importante.
Bueno, esos eran los motivos que teníamos para salir pronto, y al parecer los compartíamos con todo el mundo, pues enseguida circulábamos en caravana con frecuentes retenciones. Varados en aquel mar de olivos, mi abuela se inquietaba, pensando que llegaba tarde a misa, y urgía a mi abuelo a que hiciese algo, acaso creyendo que el 127 disponía de un mecanismo que nos permitiría pasar por encima del resto de coches. Entonces, para distraerla y orillar su nerviosismo, mi abuelo contaba una anécdota: «Era uno de mayo y estábamos en Madrid. No sé por qué ese año no vinimos, quizá nos daba pereza o no nos venía bien. El caso es que fueron a vernos unos paisanos que tampoco habían ido a La Estrella y se les notaba tristones. Nos pusimos a charlar sobre el pueblo, la romería, la gente y, en un momento dado, nos quedamos en silencio. “Venga, vámonos ahora mismo”, dije yo. Cogimos un taxi en Bravo Murillo y nos dejó en la misma puerta de la ermita. El viaje se nos hizo interminable, pero la alegría fue inmensa. Pues bien, al día siguiente, durante la procesión, me encontré al taxista que nos había traído y, al preguntarle qué hacía allí, me dijo: “Chico, en mi vida he visto unas fiestas tan hermosas”. Y tenía razón».   



Lorenzo Rodríguez Garrido
Enero, 2013.

Publicado en el anurio Stella. 2013. 

miércoles, 20 de febrero de 2013

LOS LIBROS Y LOS DÍAS (XX)

Una de las cosas que más detesto es montarme en el ascensor con algún vecino. Las ciudades se han deshumanizado de tal forma (ahí están los tanatorios, asépticas morgues atendidas por funcionarios) que cuando dos o más personas coinciden en un ascensor no saben qué decirse. De resultas, agachan la cabeza y desvían la vista, procurando no encontrar sus miradas. Quizá, si hay cierta confianza, inician una conversación acerca del tiempo:
−Qué frío hace, ¿eh?
−Sí, es lo que tiene el invierno.
−Ya, pero hace demasiado frío.

Acabo de padecer esta conversación y me ha puesto tan nervioso que, al entrar en casa, lo primero que he hecho ha sido dirigirme a la biblioteca, buscando la paz que sólo los libros saben procurarme. Al azar, he cogido Entre la ciudad sí y la ciudad no del celebérrimo Evgueni Evtuchenko, en mi edición de Alianza del año 68. Abro el libro y aparece uno de mis poemas favoritos, un poema con el que siempre me he identificado. Lo trascribo entero porque, sin duda, merece la pena:
 
Quiero ser un poco anticuado
para que el tiempo no me borre,
para que no se avergüencen los muertos de mí,
ellos, que conocían el antiguo y buen sentido de la vida. 

Quiero ser escrupuloso, un poco raro
y cortés, a la manera antigua,
pero, conservándome sensible y refinado, 
quiero mantener frente a la ruindad la antigua y buena opinión.
  
Quiero ser erudito y fino,
vivir sin creer en el brillo de las frases falsas,
escuchando tan sólo la voz de la conciencia,
la que nunca traiciona, antigua y buena voz.
 
Quiero ser eternamente joven,
pero de los que recuerdan las lecciones de los años pasados.
Quiero aconsejar como un antiguo y buen abuelo
a los jóvenes que aún están soñando. 

Así escribo, hundido en mis pensamientos.
Y, para transmitirles todo esto a ustedes,
acude en mi ayuda un yambo, ya cambiado,
pero que sigue siendo el antiguo y buen yambo.  

Después, algo más apaciguado, abro la Poesía completa de Paul Auster, recién publicada por Seix-Barral, y me sorprende la enorme calidad de algunos de sus poemas. Esta edición bilingüe, que incluye un estupendo prólogo de Jordi Doce, es indispensable para todo aquel que quiera profundizar en el mundo literario de Auster, autor que tantos momentos felices me ha regalado. A la aparición de su obra poética hay que sumarle Aquí y ahora, recopilación de cartas entre él y Coetzee desde 2008 hasta 2011, edición especial publicada conjuntamente por Anagrama y Mondadori. De lectura amena aunque algo superficial, por el libro desfilan asuntos como la crisis económica, la creación literaria o el deporte, pudiendo resultar una pequeña decepción para los lectores habituales de estos dos amigos. Por fortuna, Booket nos resarce con otro título del autor neoyorquino en una preciosa edición ilustrada: El cuento de Navidad de Auggie Wren, sutil historia que ya nos diera a conocer la película Smoke.  

La joven editorial Nocturna continúa la tarea de rescatar la obra de Eduard Von Keyserling, escritor impresionista por excelencia con resonancias de Chéjov y Lampedusa y admirado por Thomas Mann. A los cuatro títulos publicados en su catálogo se incorpora Dumala, excelente novela, ambientada en un palacio bajo la nieve perpetua, que ahonda en los entresijos de un conflicto amoroso. 

Creo que José María Merino, académico de la RAE, es uno de los escritores que más han hecho por dignificar el género fantástico en España. En los últimos meses, la colección Letras Populares de Cátedra ha reeditado Los invisibles, deliciosa novela protagonizada por un chico que, después de tocar  una extraña flor en la noche de San Juan, se volverá invisible. Estructurada en tres partes, con la aparición del autor en una de ellas, nos encontramos ante una fábula que evoca la mejor literatura popular. También de Merino, aunque desligada de lo fantástico, aparece El río del Edén (Alfaguara), elegida por El Cultural de El Mundo la mejor novela española del pasado año. En ella somos testigos del viaje que hacen un hombre y su hijo con síndrome de Down (espléndido personaje) llevando las cenizas de la madre. Emotiva historia de amor y de traiciones, narrada magistralmente en segunda persona, el autor logra una de sus mejores obras. 

Francis Scott Fitzgerald es uno de mis escritores favoritos. Sus cuentos y novelas me han acompañado a lo largo de mi vida y he vuelto a ellos en numerosas ocasiones. La adolescencia de Basil Duke Lee, novela que no conocía, publicada por entregas entre la primavera de 1928 y la de 1929 en The Saturday Evening Post, acaba de salir en Rey Lear. A lo largo de sus páginas, se nos presenta a Basil Duke, desde la temprana adolescencia hasta que entra en la universidad, toda una galería de peripecias llenas de humor y ternura que sirven de precedente a El guardián entre el centeno. Como curiosidad para los amantes de Fitzgerald, 451 acaba de publicar SuperZelda, tebeo que plasma la caótica vida de su mujer, así como su turbulenta relación. 

Antes he comentado que odio tropezarme con alguien en el ascensor. Bueno, depende de con quién… Reconozco que si es con cierta vecina no me importa lo más mínimo, pues aprovecho su compañía para mantener una profunda conversación sobre el parte meteorológico. Nunca los cirros, cúmulos y estratos se habían vuelto tan apasionantes como hasta ahora. Y quizá algún día, en algún momento...

Temístocles Roncero
Enero, 2013.

 

miércoles, 6 de febrero de 2013

EL CRIMEN DE LA CALLE BORDADORES


No sé si son razones ideológicas o simple ignorancia -quizá ambas cosas– lo que lleva a algunos a afirmar que la cultura española durante el franquismo era prácticamente inexistente, un vasto desierto asperjado por alguna que otra gota de talento. Cuando oigo esto siempre recuerdo aquella frase de Orson Welles en El tercer hombre: “En Italia, en 30 años de dominación de los Borgia hubo guerras, terror, sangre y muerte, pero surgieron Miguel Angel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza hubo amor y fraternidad, quinientos años de democracia y paz y ¿qué tenemos? el reloj de cuco”. En España, sin entrar en inútiles comparaciones y ateniéndonos sólo al celuloide de los años 40 y 50, tenemos a Rafael Gil (El clavo, La calle sin sol), Nieves Conde (Surcos, Los peces rojos), Saénz de Heredia (Los ojos dejan huellas, Historias de la radio), Antonio Román (Los últimos de Filipinas, Pacto de silencio), Ladislao Vajda (Marcelino, pan y vino, El cebo), por supuesto Juan Antonio Bardem (Muerte de un ciclista, Calle Mayor) y Luis García Berlanga (¡Bienvenido, Míster Marshall!, Calabuch), y el que ahora nos ocupa: Neville.  
 
Edgar Neville, conde de Berlanga del Duero, nació en Madrid en 1899. Aficionado al jockey, la caza y el submarinismo, escribió diez novelas, once comedias y dirigió veintiuna películas, entre las que destacan La torre de los siete jorobados (1944), película de culto basada en la novela homónima del mujeriego Carrere, La vida en un hilo (1945), El último caballo (1950) y Mi calle (1960).
    
En 1928 viajó a EEUU como miembro del cuerpo diplomático pero en cuanto pudo se marchó a Hollywood. Allí entabló amistad con algunas de las estrellas del momento –era muy amigo de Chaplin, en cuya casa se reunían con frecuencia–, convenció a Jardiel Poncela, López Rubio y Tono (Miguel Mihura no quiso moverse del Café Gijón) para que arribaran al desierto californiano, y allí escribieron y adaptaron guiones, supervisaron rodajes, dirigieron alguna película, se aprendieron los mecanismos de la industria. Luego, de regreso a casa, cada uno continuaría a su manera la relación con el séptimo arte. 
         
El crimen de la calle Bordadores (1946) nos traslada al Madrid de finales del XIX, como indican las referencias a Sagasta y a Isaac Peral. Una mujer de buena posición (Julia Lajos) aparece asesinada en su dormitorio, y los principales sospechosos del delito son la criada (Antonia Plana) y el novio (Manuel Luna), un golfante que sólo la quiere por su dinero. Ambientada cuidadosamente y realizada con buen pulso narrativo, a base de flashbacks y con el broche de un final feliz, este castizo sainete reúne en hora y media todas las características del cine de Neville. De raíz popular, alejado de oficialismos, muy adelantado para su época y entreverado de humor y diálogos codornizescos, su filmografía es un prodigio de sensibilidad e inteligencia, un alegre canto a las calles y a las gentes de Madrid, a esta ciudad que son todas y que, como dijo alguien, fue construida entre el Marqués de Salamanca y un albañil de Jaén.     

EL CRIMEN DE LA CALLE BORDADORES de Edgar Neville.
1946. 93 min. 



           
Lorenzo Rodríguez Garrido
Febrero, 2012