Ya no es ayer,
mañana no ha llegado…
Francisco de Quevedo
En
cuanto la música y el rumor de voces se desvanecían, nos montábamos en el coche
y poníamos rumbo a La Estrella. La casa se quedaba sola, a la espera de nuestro
regreso, acaso habitada por el fantasma de algún pariente que, aprovechando
nuestra ausencia, se tumbaba en el sofá para ver la tele, fascinado por aquel invento.
El
coche, un SEAT 127 color verde esmeralda, cinco puertas y cuatro velocidades, era
conducido por las manos tranquilas de mi abuelo. (A él le gustaba su coche y
ese afecto era recíproco; de resultas, cuando mi abuelo nos dejó, el coche se durmió
en señal de luto, y hasta hoy). En él también viajábamos mi abuela, mis padres,
mi hermano y yo; a veces alguna prima o sobrina de mis abuelos. Y a esa tropa
expedicionaria había que sumarle los distintos enseres y provisiones de los que
nos pertrechábamos para pasar el día.
Una vez en carretera, apiñados como si
fuéramos en una de esas diligencias que aparecen en las películas del Oeste, el
aire y el sol se colaban por las ventanillas y la luz era tan intensa que
parecía un tripulante más. Recorríamos el paisaje salpicado de olivos cantando
mayos, esperando ver, a la vuelta de cada recodo, la silueta de la ermita recortada
contra los árboles…
El ponernos en marcha con tal urgencia se
debía a dos razones: la primera, encontrar un sitio lo suficientemente cómodo y
agradable, a ser posible a la sombra de un chaparro, para poder instalarnos
(latosa tarea, ya que por entonces, a la misma velocidad con la que surgen los
hongos después de la lluvia, empezaban a proliferar las casetas y otro tipo de
habitáculos, siendo cada vez más difícil encontrar un palmo de tierra sin “edificar”);
la segunda y más importante, por lo menos para mis abuelos, llegar a la ermita
con antelación suficiente para coger buen sitio y así disfrutar plenamente de
la Fiesta. A mí la misa, lo reconozco, me aburría bastante y acudía a
regañadientes. Envidiaba a mi hermano que, al ser mayor, podía escabullirse y
darse un garbeo por los tenderetes que ofrecían juguetes baratos, trozos de
coco, garrapiñadas y otras bagatelas de feria; o a mi padre, que solía quedarse
en la barra con una cerveza y un pinchito moruno, preámbulo de la estupenda comida
(tortilla de patatas, filetes rusos, chuletas empanadas) que había cocinado mi
abuela. Lo único que me gustaba de la misa eran los mayos que se cantaban a su
término: la música resonando con fuerza, las voces anegadas de emoción, los
ojos encendidos por una nostalgia que la espátula del tiempo tardaría en borrar…
Y uno sabía, con la clarividencia propia de los niños, que todo aquello era
importante.
Bueno, esos eran los motivos que teníamos
para salir pronto, y al parecer los compartíamos con todo el mundo, pues
enseguida circulábamos en caravana con frecuentes retenciones. Varados en aquel
mar de olivos, mi abuela se inquietaba, pensando que llegaba tarde a misa, y
urgía a mi abuelo a que hiciese algo, acaso creyendo que el 127 disponía de un
mecanismo que nos permitiría pasar por encima del resto de coches. Entonces,
para distraerla y orillar su nerviosismo, mi abuelo contaba una anécdota: «Era
uno de mayo y estábamos en Madrid. No sé por qué ese año no vinimos, quizá nos
daba pereza o no nos venía bien. El caso es que fueron a vernos unos paisanos
que tampoco habían ido a La Estrella y se les notaba tristones. Nos pusimos a
charlar sobre el pueblo, la romería, la gente y, en un momento dado, nos
quedamos en silencio. “Venga, vámonos ahora mismo”, dije yo. Cogimos un taxi en
Bravo Murillo y nos dejó en la misma puerta de la ermita. El viaje se nos hizo
interminable, pero la alegría fue inmensa. Pues bien, al día siguiente, durante
la procesión, me encontré al taxista que nos había traído y, al preguntarle qué
hacía allí, me dijo: “Chico, en mi vida he visto unas fiestas tan hermosas”. Y
tenía razón».
Lorenzo Rodríguez Garrido
Enero, 2013.
Publicado en el anurio Stella. 2013.

