lunes 5 de octubre de 2009

LOS LIBROS Y LOS DÍAS (IV)

“Cuando cada cosa se vive hasta el fin, no hay muerte, ni arrepentimiento, ni tampoco una primavera falsa; cada momento vivido abre un horizonte más grande y más ancho, del que no hay salida, salvo el vivir.”

Primavera negra. Henry Miller.

Desde la última vez que tuve el atrevimiento de sumergirme en estas aguas digitales, no ha habido mayor novedad en mi rutina que la del fin del verano. El charco del cielo, las marquesinas de los cines y las copas de los árboles, mi pierna derecha escayolada, tu corazón cambiante, el azogue de los espejos, todo, absolutamente todo se empaña de otoño, y aparece como por ensalmo, en letras mayúsculas y áspero trazo, la siguiente frase: “El verano ha muerto”.

Según nos hacemos adultos aprendemos forzosamente a relativizar las cosas, a incorporar en nuestra visión un ancho espacio que sirve para distanciarnos y así en teoría sufrir menos. Pues bien, a pesar de estar jubilado y tener una edad más que provecta, vivo esta situación como una auténtica desgracia, con irritación y desconsuelo, peor que cuando era niño y empezaba la escuela.

No soporto que apaguen la amarilla luz del verano. Ahora mismo me encuentro a oscuras, sin una vela o linterna a mi alcance, como brújula desnortada. Ni el fulgor que desprenden las páginas de la nueva edición de Anna Karenina (Alianza Editorial) consigue iluminar mis ojos cuajados de niebla; sólo la llamada de mi amigo Mateo logra disiparla un poco:

−Temisto, ¿cómo sigue tu pierna?
−Ahí va… ¿Qué tal estás tú?
−Pues bien, apurando los últimos días de vacaciones y leyendo todo lo que puedo.
−Cuéntame.
−He disfrutado mucho con Soul Man, de José María Mijangos, publicada en Lengua de Trapo. Es una novela fresca, descacharrante, sobre un músico que tuvo éxito en los años 60 y acaba de reponedor en un supermercado. Cuando vuelva a Madrid te la presto. Te va a encantar.
−Muy bien.
−Me han parecido muy divertidos los últimos cuentos de Fernando Iwasaki; el libro está en Páginas de Espuma y se llama España, aparta de mí estos premios.
−Al hablar de cuentos he recordado que Navona editó hace poco Doce cuentos sutiles de Clarín. Son un auténtico prodigio.
−Creo que no he vuelto a Clarín desde que era estudiante. Por cierto, tienes que leer La Casa de la Infancia, una novelita corta de Marie Luise Kaschnitz.
−Esa creo que la tengo. ¿Está en Minúscula, no?
−Sí, sí.
−Pues nada, te haré caso.
−Bueno, dime tú algún título que merezca la pena.
Dora Bruder, de Patrick Modiano, en Seix-Barral. Me recuerda bastante a otras novelas suyas, El café de la juventud perdida o La calle de las tiendas oscuras, aquí también desaparece alguien, en este caso una niña, y el propio Modiano se obsesiona con ella y empieza a investigar. Su prosa tiene ese estilo tan directo y elegante, aparentemente sencillo, que en ocasiones me recuerda a Hemingway.
−Ah.
−Anota En busca de horizontes de Arthur Schinitzler, un retrato de la Viena de primeros de siglo XX. Y hace unos días terminé un ensayo sobre Clint Eastwood de Carlos Aguilar. Los dos libros se encuentran en Cátedra.
−Yo de Cátedra compré el otro día François Truffaut de Luis García Gil. Lo llevo por la mitad. Es amenísimo… Oye, te tengo que dejar, me reclaman para comer. Te llamo después y me sigues contando. Un fuerte abrazo y ánimo, que sé que el otoño te sienta fatal.
−Lo mismo te digo.

Y la conversación finaliza, acaba, se muere igual que el verano, adiós. Pero nosotros, como escribió Philip Roth en El animal moribundo, seremos inmortales mientras vivamos.


Temístocles Roncero.
Septiembre, 2009.

Artículo publicado en la revista Otro lunes.

domingo 27 de septiembre de 2009

LA INUTILIDAD DE UN BESO

Gregorio Samsa, viajante de comercio, se levanta una mañana convertido en lo que parece ser una horrible cucaracha. Al principio piensa que esa metamorfosis es producto de la imaginación, consecuencia de su intranquila caminata por las regiones más abstrusas del sueño, y hará todo lo posible por volver a dormir y así librarse de esa angustiosa pesadilla…

Todos conocemos esta historia incluso aunque nunca la hayamos leído, su planteamiento, nudo y desenlace. Ésa es la magia de los clásicos, de esas obras que están llamadas a estremecer el corazón de numerosas generaciones de lectores, sabemos lo que cuentan, sí, pero lo mejor de todo es que también sabemos que podemos acudir a ellos en cualquier momento para volver a enterarnos.

Tomar como referencia una obra o un autor clásico a la hora de abordar la creación de algo, constituye un rasgo muy característico de la posmodernidad. En los últimos años, con mayor o menor fortuna, han ido proliferando este tipo de obras en todos los ámbitos artísticos. Ateniéndonos sólo a lo literario, podemos mencionar El loro de Flaubert de Julian Barnes, Foe de J.M. Coetzee, El plantador de tabaco de John Barth o El nombre de la rosa de Umberto Eco.

La inutilidad de un beso (XVIII Premio Luis Berenguer), de Javier Puebla, toma como punto de partida La metamorfosis de Kafka para construir una surrealista e hilarante historia. Melquíades Bencinto, bondadoso ordenanza, uno de los personajes más entrañables que recuerda mi memoria lectora, logra con un simple beso transformar a una cucaracha en una mujer, a la que bautiza con el nombre de Herendira. Todo este acto mágico, y su posterior desarrollo entretejido de amor y odio, es fabulado por la imaginación del periodista Arturo Briz, Tigre Manjatan, en el momento que escucha de la propia Herendira una frase maldiciente con la que se abre la novela.


Jugoso y original planteamiento, especie de contrametamorfosis trazada con precisión y eficacia, elegante ternura y muchísimo humor, sin perder en ningún momento un ápice de su vertiginoso ritmo. A lo largo de doscientas páginas desfilan personajes –Doña Carmen, Don Benito, Mala, Paquita– y situaciones, de esas que tardan mucho tiempo en dejar de acompañarnos, y ahí es donde reside uno de sus principales valores.



Artículo publicado en la revista Otro lunes.

martes 8 de septiembre de 2009

DE REPENTE, EL OTOÑO

El verano agoniza. Pronto se marchará este tiempo –estación total, lo definió el poeta– de cafés y partidas de dominó a media tarde, larguísimos paseos por el campo y noches trufadas de ginebra y desamor; pronto nos quedaremos huérfanos de todo esto, igual que nos hemos quedado huérfanos de Francisco Umbral.

A uno, con veintiún años recién cumplidos, le apabulla pensar en el paso del tiempo. Es asombroso, pero hace nada me veía en Madrid –mi ciudad, la ciudad– escribiendo sobre la llegada del bello verano y de cómo ésta afectaba en mi malogrado carácter; pues bien, anécdotas y libros después la música del verano va cesando, se va haciendo cada vez más inaudible en este pentagrama que es nuestra vida y en el que ya no queda sitio para seguir componiendo esta calurosa y risueña melodía. Hemos perdido la risa del verano. La dulcísima risa del verano que ya no volveremos a escuchar hasta el año que viene. De repente, sin nosotros poder remediarlo, se apaga, se extingue, se esfuma (lo mismo que la adolescencia), y tenemos la impresión de ser sólo el sueño de algún neorrealista italiano.

Cómo se agradece un otoño madrileño. No se puede usted figurar la inmensa felicidad que me invade cuando paseo por Madrid en estas fechas. Atardecielo en la plaza de Oriente. Madrid, Madrid, Madrid. Qué razón tenía Agustín Lara. Madrid. Plena y rotunda. Urbe mora que no descansa, que no se acaba nunca. A Madrid, al contrario de otras ciudades españolas, jamás se le ocurriría echarse a dormir la siesta. Ella siempre está despierta, con los ojos muy abiertos para poder contemplar su propio estilo, bien atenta a todo lo que ocurre en el resto del mundo para devorarlo, digerirlo y hacerlo propio; ahí reside gran parte de su encanto, de su particular idiosincrasia; sin ir más lejos, el cocidito madrileño es un plato centroeuropeo. Eso explica su acreditado cosmopolitismo.
Ma-drid. Dos sílabas. Seis letras. Enmarañada y sencilla a la vez como la propia vida. Limpia como las notas que desprende un organillo. Sucia como las partes bajas de la Casa de Campo. Madrid. Ciudad que son todas. Anárquica. Genuina. Misteriosa. El hombre, a lo largo de su historia, tiene la costumbre de feminizar todo lo que ama. Así hago yo con la hermosa Madrid: colgármela del brazo como si fuese mi novia e invitarla a tomar una copa. A veces me cuenta cosas que no entiendo, me lanza presagios que no percibo, me confunde con su carácter variable pues tan pronto me evita como me llama por teléfono, pero para amar a esta ciudad no hace falta comprenderla sino tan sólo disfrutar de su belleza.


Contemplo a un muchacho que sale de una casa; va vestido con pantalón de pana, camisa clara y americana marrón. Sus ojos son negros como el color de su pelo, tiene en la mirada un velo de melancolía y en su pequeño cuerpo una intermitencia de inquietud.
Enfila la calle Bravo Murillo y llega hasta la glorieta de Quevedo.
Allí le aguarda otro muchacho, larguirucho y de indumentaria más desaliñada, escaso pelo, barbita revolucionaria y amplia frente que denota inteligencia. Se sonríen. ¡Hijo!, exclaman al tiempo que se estrechan la mano con efusiva sinceridad. Deben ser grandes amigos. Caminan juntos mientras charlan sin parar. Hablan de política, de música, de literatura, pero sobre todo hablan de mujeres. La mera visión de cualquier mujer apetecible les trastorna, les hace volver la cabeza como al protagonista de aquella película de Truffaut. Antes de retomar lo que estuvieran dialogando (Baroja, el virtuosismo de Mahler o la situación catastrófica de Cuba, quién sabe) avanzan varios metros departiendo sobre la tía en cuestión, babosean como dos solterones salidos y se percatan de que inauguran el otoño de la misma forma de siempre.


El muchacho de ojos negros y americana marrón soy yo mismo dentro de unas cuantas horas. Pero antes de irme a reconquistar la capital necesito dejar bien guardado el verano. Por eso mismo lo corto en pedazos y los voy distribuyendo por distintos sitios de la casa, a saber: en una alacena junto con los dulces, entre las enaguas de la mesa camilla, debajo del sillón donde descansaba mi abuelo, debajo de una baldosa suelta que hay en el zaguán, a la sombra del espléndido naranjo, en el fondo del pozo, entreverado con la lana del colchón, cualquier lugar es bueno para conservar el verano hasta el año que viene.

El coche espera. Salgo de mi casa decorada con verano. Me monto. Delante va mi padre con Emilio, el rollizo y sudoroso taxista; detrás vamos mi abuela, la mujer que cuida a mi abuela y yo. A cada kilómetro que recorremos el olor del otoño se hace más intenso y mi abuela se marea aún más.



3 de octubre de 2007.

martes 4 de agosto de 2009

LOS LIBROS Y LOS DÍAS (III)

"Alguien trajo jazmines y los puso
sobre una copa blanca frente al cielo
de la ventana azul mientras se oía
una ligera voz que nos anuncia:
Ha llegado el verano".

Aroma.
Juan Gil-Albert.

No sé muy bien de qué materia está hecho el verano, de dónde proviene esa rabiosa luz diamantina que barniza las horas, el poderoso sortilegio de esas noches que poseen la capacidad de hacernos creer que aún somos adolescentes y que por tanto podemos salvarnos. Ignoro el mecanismo que consigue alargar el tiempo –casi abolirlo– como si fuese un chicle, provocar esta avalancha de deseos que nos sitúan mucho más cercanos al latir de la vida. El deseo de desear. Un sentimiento más propio de la juventud y que el verano vuelve a imbuir en nuestro malogrado espíritu
.

Estoy en Madrid y necesito reposo. Una sustancia verde y espesa consiguió que resbalara en el suelo del ascensor y me hiciera trizas la pierna derecha. Debido a esta infausta circunstancia decidí quedarme aquí y no salir a ningún sitio. Al principio la idea de no pasar unos días en mi tierra, en Jaén, me contrarió bastante, pero ahora ya no me importa, casi lo prefiero. Mi única hija, Elisa, buscó una persona para que pudiera cuidarme, este año estoy muy liada y yo no puedo atenderte, y encontró a Isleni, venezolana de treinta años, dulce y dicharachera, jaca rompiente que me vuelve loco. Ahí viene otra vez con sus vaqueros ajustados y su escotada camiseta blanca, en la que cae la cascada negra de su pelo. Hoy tiene la radio puesta a toda potencia y bailotea por la casa a ritmo de salsa, contonea las caderas y aprecio el vaivén de sus generosos pechos, el calor que desprenden. En una mano sostiene un trapo para quitar el polvo y en la otra un polo de limón con el que no deja de refrescarse la boca. Al pasar me guiña un ojo y noto que mi interior se derrumba, como una ruina antigua.
–Cielo, voy a la calle. Ahorita vuelvo.
–Muy bien.
A nada de lo que hace o dice le encuentro el menor reparo y eso significa que acabará comiéndome por lo pies, imponer su voluntad sobre la mía, aunque reconozco que no me importa en absoluto. Sólo su presencia hace que todo funcione mejor. Pero vayamos al grano. Aprovecharé el tiempo que ella anda fuera para recomendarte algunos de los mejores libros que han salido últimamente.

El hombre del traje gris (Libros del asteroide) de Sloam Wilson. Una emotiva historia que relata la vida de Tom Rath, un joven padre de clase media que se ve empujado a convertirse en un adicto al trabajo si quiere triunfar y mantener a su familia. Considerada una de las mejores obras que han sabido captar el espíritu de la década de los cincuenta en EEUU, esta flamante reedición contiene un prólogo de Jonathan Franzen. Mucho más breve, aunque no menos intensa, es la última novela de Phillip Lopate, Segundo matrimonio, también en la misma editorial. Eleanor y Frank, que creen haber logrado el equilibrio en el que para ambos es su segundo matrimonio, organizan una cena con amigos en su apartamento de Brooklyn. La velada transcurre con normalidad, entre risas y ambiente festivo, pero cuando los invitados se marchan y la pareja se queda a solas, las dudas y las tensiones empezarán a surgir...

Dice Henry James: “El cuento es el punto exquisito donde acaba la poesía y empieza la realidad”. La sombra de esa frase planea sobre mi cabeza mientras leo los Cuentos californianos (Navona) de Bret Harte. A lo largo de estas cinco historias desfilan prostitutas, buscadores de oro, tahúres, forajidos, aventureros. Toda una serie de personajes toscos y mal educados, aunque la mayoría de gran corazón, que nos harán entender por qué Borges consideraba a Harte uno de los grandes.

He disfrutado muchísimo con Plop de Rafael Pinedo y Submáquina de Esther García Llovet. Dos novelas cortas que, aunque dispares, se asemejan por lo sorprendentes y arriesgadas, originales y entretenidas que resultan. Publicadas en Salto de Página, joven y pequeña editorial a la que sigo desde su nacimiento por sus cuidadas ediciones y su buen olfato literario. Desde aquí le deseo larga vida.

En tiempos de crisis las editoriales se vuelcan en las reediciones, en aquellos libros que pueden contar con un nutrido grupo de compradores. En las últimas semanas han ido apareciendo títulos indispensables en la librería de cualquier lector voraz: La vida ante sí (Plataforma) de Romain Gary, Señora de rojo sobre fondo gris (Destino) de Miguel Delibes, Cuando ya no importe (Alfagurara) de Juan Carlos Onetti y Sefarad (Seix-Barral) de Antonio Muñoz Molina.

Oigo la puerta. Es ella.
–¿Dónde has estado?
–Por ahí.
–Muy bien.
Vuelve a encender la radio, saca otro polo de limón y se pone a bailar. Dejo de escribir y me dedico a contemplarla. Va de un lado para otro, canturrea, agita sus curvas, se deja acariciar por las pestañas del sol. Ya ni siquiera se molesta en coger un trapo, en disimular delante de mí. La casa no está limpia. Pero ni falta qué hace. Coño.


Temístocles Roncero.

Julio, 2009.

Artículo publicado en la revista Otro lunes.

jueves 25 de junio de 2009

LOS LIBROS Y LOS DÍAS (II)

“La vida sin explicaciones no vale la pena ser vivida,
y la vida con explicación es insoportable”


Herzog. Saul Bellow.


Ya estoy de vuelta. Me gustaría iniciar el texto con alguna frase memorable, algo como “Hoy, mamá ha muerto”, de Camus, o, “Todas las familias felices se asemejan, pero cada familia desdichada es desdichada a su manera”, de Tolstói, o, “En aquellos tiempos siempre era fiesta”, de Pavese. Una frase tan sugerente, tan llena de fuerza, en resumen: tan perfecta, que atrapara la atención del lector hasta llegar al punto final, que dejara su huella en la memoria como se graba a navajazos un corazón en la corteza de un árbol o una declaración de amor en la puerta de un baño público.

“Ya estoy de vuelta” (¡Qué espanto!)

He olvidado por completo cientos de libros, miles de páginas, millones de palabras, pero hay frases que siempre me siguen allá donde vaya, comienzos de historias que, dispuestos en fila india y cogidos de la mano, narran la mía de principio a fin:
Aventuras, inventos y mixtificaciones de Temístocles Roncero.
A partir de cierta edad aparecen unos ojos en la nuca para mirar hacia atrás. A mí no me hacen falta. Me basta con mirar de frente y leer las páginas mentales de mi libro, obra magna que confecciono desde hace setenta años utilizando retazos y pinceladas de otros textos –otros autores, otras vidas–, y que refleja con absoluta precisión lo que yo soy, una caña que se parte al primer golpe de viento y que utiliza la literatura para sobrevivir a su frágil condición.

–¡Realidades! ¡Yo quiero realidades! –gritaba mi mujer encolerizada.
–¡Vete a freír puñetas! –contesté sin desviar la mirada de la letra impresa.
–¡Eres un inútil! ¡No sabes ni el precio de una lechuga!

Soy un inútil. En eso ella estaba en lo cierto. Me he pasado desde los diez años, desde aquella tarde de agosto en que mi padre me regaló una edición ilustrada de Los viajes de Gulliver, ejerciendo frenéticamente –de manera casi orgiástica– la actividad menos mercantil que existe: la lectura. Pocas cosas hay más improductivas y menos prácticas. Y ahí reside su valor, en el placer único que proporciona. Leer tumbados en la fresca hierba, soñar despiertos bajo un cielo azul recién fregado mientras otros se estrujan el cerebro para redactar querellas criminales, planificar obras de ingeniería ultramodernas o pulverizar el sistema financiero.
¡Qué vengan los ineptos de arriba a solucionar los problemas! ¡Para eso se llenan los bolsillos con nuestros impuestos!

En estos dos últimos meses no he parado de leer cosas nuevas. Pero antes quiero mencionar un manual que está siendo muy útil para la confección de estos textos: Escribir y reescribir (Fuentetaja) de Gloria Fernández Rozas. Me lo regaló Mateo, compañero de dominó y profesor jubilado de instituto, amigo del alma, cuando le conté angustiado que había aceptado llevar esta sección de novedades sin tener ni puñetera idea de redactar un folio, puesto que desde Filosofía y Letras no lo había hecho (y además dejé a medias la carrera).
–Leer es también una forma de escribir, Temisto, de todos modos no te preocupes, buscaré algún libro que te oriente un poco.
Al día siguiente apareció por el parque con este manual ameno y lleno de didácticos ejemplos, con fotografías de manuscritos de Perec, Balzac o Conrad, que recomiendo vivamente si decides aventurarte por el tortuoso –y placentero– camino de la escritura.
Hablando del polaco Joseph Conrad, las editoriales (grandes y pequeñas) continúan publicando nuevas ediciones de sus obras. Ahora le toca el turno a Una cuestión de honor, novela corta sobre dos oficiales franceses que, en los tiempos de las guerras napoleónicas, se baten en duelo y a partir de ese momento se enfrentarán durante más de quince años. El paseante de las dos orillas de Guillaume Apollinaire, curioso y agradable paseo por el París vanguardista de primeros del siglo XX: “Voy lo menos posible a las grandes bibliotecas. Me gusta más pasear por los muelles, esa deliciosa biblioteca pública”. Dos títulos primorosamente editados por El olivo azul, editorial cordobesa de selecto catálogo.
Lo mismo le sucede a Minúscula (Reunión de Bachilleres de Franz Werfel, flamante escritor contemporáneo de Kafka del que hace tiempo leí Una letra femenina azul pálido; y La isla de Giani Stuparich, el viaje que hace un hombre enfermo con su hijo a la isla adriática donde nació), o a Funambulista, que ahora publica en un mismo tomo tres títulos de Mario Lacruz: El inocente, La tarde y El ayudante del verdugo, junto con artículos sobre su obra y alguna entrevista con el autor.

Dos novelones escritos por veinteañeros aunque muy lejanos en espacio y tiempo: El color prohibido (Alianza literaria) de un Yukio Mishima ya atormentado por su homosexualidad (uno de los factores que lo impulsó a suicidarse con sólo cuarenta y cinco años) y Eres bella y brutal (Algaida) de Rebeca Tabales, poderosa historia ganadora de XIII Premio de Novela Ateneo Joven de Sevilla.

La legendaria Cátedra me envía Declaración de un vencido de Alejandro Sawa (bohemio inspirador del Max Estrella de Luces de Bohemia del que se cumplen 100 años de su muerte), interesante novela de corte autobiográfico de finales del XIX sobre un joven de provincias que llega a Madrid, y una reedición de la Antología poética de Juan Ramón Jiménez a cargo de Javier Blasco.

Reconozco que Alfaguara últimamente me tiene subyugado. Al gozo que experimento leyendo El Lémur de Benjamin Black (seudónimo del irlandés John Banville), thriller vertiginoso sobre un periodista que escribe una biografía autorizada de su suegro, magnate de la comunicación y antiguo agente de la CIA, Mamá de Joyce Carol Oates, consagrada novelista firme candidata al Premio Nobel, Aquí empieza nuestra historia de Tobias Wolff, selección de sus mejores cuentos junto con otros nuevos y uno de los 100 libros más destacados de 2008 según The New York Times, se suma Papeles inesperados de Julio Cortázar, casi quinientas páginas de capítulos y cuentos inéditos, entrevistas, poemas, artículos y cronopios. Un festín de inteligencia que orilla por momentos mi sempiterno dolor de huesos y que pasa a ocupar un destacado lugar en mi biblioteca junto con la Obra poética (Seix-Barral) de Francisco Umbral. Mira que belleza:

LA SOLEDAD

Hablo de soledad
porque estoy solo.
Soledad es un pez que nada el tiempo,
la soledad es una puerta abierta
que da a puertas abiertas
y vacías.
No es ausencia de gente el estar solo.
Es ausencia de mí entre la gente.
El que no está soy yo,
y ellos no saben,
soledad es morirse a cualquier hora
junto al museo de los medicamentos.


Soledad es un agua que no hay,
un sol que se ha dormido en los cristales,
silla que no hace juego,
un hueco en la memoria,
soledad es un hombre solitario
que se acerca a mirar las papeleras.
Hoy me he visto a mí mismo,
fastuoso de soledad, como un mendigo,
mirando una lejana papelera
y sacando un periódico del fondo
que es el mismo que lleva en el bolsillo,
porque lo sacó ayer, y así por siempre.

No quiero despedirme sin darle la enhorabuena a mi paisano y amigo Paco Balbuena, columnista de esta casa y joven de mucho talento, por haber obtenido el XI Premio Río Manzanares de Novela con El jardín de ajenjo (Calambur), una trepidante historia de amor entre un español y una judía, esposa de un antiguo oficial austriaco, ambientada en Brasil durante la II Guerra Mundial.

Como podrás observar, querido lector, me es imposible encontrar algo de tiempo para enterarme del precio de una lechuga. Pero hoy estamos a lunes, aún queda por delante una resplandeciente y primaveral semana, y quizá logre averiguarlo en memoria de mi difunta esposa.


Temístocles Roncero
Mayo, 2009.

Artículo publicado en la revista Otro lunes.

Y además, entre otras cosas, una entrevista grabada a Luis Alberto de Cuenca.

jueves 18 de junio de 2009

Y LA VIDA CONTINÚA...

Hace semanas que no escribo aquí y lo único que puedo hacer es pedirte perdón. Ya sé que es fácil decirlo, lo difícil sería evitar que esta situación volviera a producirse, pero conoces el percal de sobra para intuir que un prolongado silencio volverá a abrirse como loto en la superficie acuática de este cuaderno y que, de todos modos, pasado el tiempo, regresaré con alguna nadería y apelaré de nuevo a tu indulgencia. Soy un desastre, qué le vamos a hacer. Soy vago e inconstante –afortunadamente– y no tengo intención alguna de modificar mi conducta. Soy un monumento viviente a la contradicción, un melancólico con vocación de alegre, un cataplasma, un verdadero coñazo. Estoy en la edad de permitirme el saludable lujo de malgastar el tiempo, de ser tímido con las chicas que me gustan, de avanzar en varias direcciones a la vez, de retroceder casillas, de llegar tarde a los sitios; sin embargo, hay unos pocos sitios, dos o tres, a donde nunca podría llegar tarde:



De izquierda a derecha: María, Agustina, yo, Estrella. Tres amigas que procuro guardar como oro en paño desde la infancia. Con Ana, la fotógrafa, también hago lo mismo.
Desde hace mucho, no sé cuánto, nos citamos el 30 de abril a las doce de la noche para cantar los Mayos en la Plaza de la Iglesia. Medio pueblo hace lo mismo (es la manera tradicional de iniciar la romería), pero nosotros siempre acudimos juntos, puntuales, sin faltar nunca, como una forma, pienso yo, de mantener viva la llama de aquellos niños de raspones en las rodillas y uñas festoneadas de tierra, la misma mecha de emoción recorriendo nuestros ojos y un fuerte nudo en el estómago que trepa hasta la garganta cuando el tambor da la señal y comienza la música, el torrente de voces:

Es tu rostro Virgen mía
una rosa limpia y pura
y tus ojos dos luceros
que nos miran con ternura.

El nudo, según avanzan los Mayos, se tensa y hace más fuerte. Al terminar de cantar acudimos en desbandada a cualquier garito para trasegar alcohol e intentar reblandecerlo; pero el indómito permanece, como un estribillo machacón o un pariente a la hora de comer, sin querer largarse. Enseguida recordaremos que el nudo es una especie de peaje para acceder a esos tres días rutilantes en donde creemos que nada malo puede pasar, un nudo entretejido de nervios y presencias y anhelos que dificulta el habla y que la espátula del tiempo tardará en deshacer.

Aquí están once criaturas con once nudos como once sabandijas aferradas a once gargantas:


Son once criaturas felices, ¿no crees?

En el armario del cuerpo guardamos un rostro para cada momento y circunstancia. La noche del treinta rebuscamos entre los pliegues de la psique el de la expresión más feliz, tan limpia y radiante como una mañana de verano, y nos lo ponemos. Ése es el verdadero secreto de la fotografía. Once rostros confeccionados con lo mejor de cada uno. Once rostros en donde se irán perfilando a lo largo de las horas los inequívocos rasgos del cansancio aunque sin empañar su alegre reflejo.
Nuestro rostro es una amalgama de rostros. Sobre un rostro pegamos otro rostro y tapamos el anterior, así sucesivamente, como si fueran carteles publicitarios. A veces, una ráfaga de viento arranca un pedazo del rostro que en ese momento llevemos puesto y florecen vestigios de rostros anteriores, capítulos incompletos de la vida que nos vamos narrando a nosotros mismos.

Escribo mentalmente el anterior párrafo cuando empiezo a pensar en ti. La idea de que no puedes andar muy lejos sacude mi cuerpo y lo pone en alerta, enciende la antorcha de la precaución. Lo más probable es que aparezcas de un momento a otro y no debes pillarme con la guardia baja. Un par de amigas tuyas revolotean alrededor de la barra esperando que algún gilipollas les pague una copa. Quizás tengan suerte y enganchen a uno que pueda surtirlas de cubatas durante toda la noche, o quizás no, quizás necesiten a dos o tres o cuatro gilipollas para poder saciar su insaciable morro.

Me vuelvo y te sorprendo detrás, que ya es delante, guardándome la espalda. Todos necesitamos que alguien nos la guarde. Cuando somos niños lo hacen nuestros mayores y según crecemos se incorporan a esta actividad personas que –suponemos– también nos quieren. Desconozco si tú me quieres o no pero el caso es que me guardas la espalda, o por lo menos lo estabas haciendo, con esa luz de tus ojos que luchan contra la negrura de la noche, la misma devoción que demuestras al besarme en sueños.
En el colegio, con catorce años, estuve sentado durante todo el curso delante de la chica que me gustaba. Nunca quise darme la vuelta y confesarle mis sentimientos por miedo a que huyera despavorida y mi espalda quedara descubierta, sola, al acecho de grandes males. Nuestras espaldas se pertenecen unas a otras y la única forma de pellizcar la felicidad, de otorgarle cierta calma a todo este caos reinante, es llegando a esa certeza, saber que en cualquier momento podemos mirar hacia atrás y comprobar que hay alguien y acercarnos a él o ella y darle un abrazo y susurrarle al oído un gracias cargado de alivio.

–Hola –dices–, ¿cómo estás?
–Ahora bien.
–¿Ahora?
–Sí, cosas mías…
–Ah.
–¿Quieres una copa?


(…)

3 de mayo. Navegamos entre un mar de olivos hacia el último estertor de la romería. Recogemos y desmontamos. Reímos. Hacemos planes. Esta noche apuramos todo lo que sobra en mi patio, como siempre. Ok.

Llego a casa, agotado y optimista. Ajeno.

Lorenzo, dice mi hermano, ven un momento. Voy. Un pájaro negro atraviesa su rostro. Yo no he hecho nada, estoy a punto de decir, como un niño que se justifica ante la severa mirada del padre. Lorenzo, repite. ¿Qué pasa? Un vuelco. La casa se estremece. Cimbrean sus cimientos como si acabara de recibir un golpe. Ventanas y puertas se abren, de par en par, dando paso a una nube de polvo, un polvo de muerte que se posa sobre los muebles y sobre nosotros mismos, una capa de polvo en donde se escribe en letras mayúsculas algo terrible.

Mi hermano y yo aquí, cubiertos de polvo, desplazados con furia a las puertas traseras del mundo, sin saber salir.

Mayo, 2009.

miércoles 3 de junio de 2009

LOS LIBROS Y LOS DÍAS (I)

“El terror está ahí fuera, donde comienza el mundo
y termina la paz augusta de los libros”

Luis Alberto de Cuenca

Siempre es peliagudo empezar a hablar sobre uno mismo, darse a conocer, abrir las compuertas de nuestras manos y trasvasar palabras al folio; esas palabras que nos acompañan día y noche y que definen mejor que nada lo que somos, palabras que acaban desenmascarando, incluso reprimiendo, nuestro impulso natural de causar buena impresión.
A pesar de casi mis ochenta años tengo muy poco que contar. Ninguna hazaña o acción valerosa, nada digno de reseñar en los anales de una vida. Si es verdad el adagio que reza que cuando morimos seguimos viviendo en nuestros actos, en el corazón de otras personas, temo que cuando muera moriré del todo. Desapareceré sin dejar huella; sólo un agrio olor a viejo impregnado en las paredes y una biblioteca con miles de libros.
Ésa es de las pocas certezas que tengo sobre mí: soy un gran lector. Nunca he sabido ni he tenido paciencia para hacer otra cosa. Leer, leer y leer. En mi descargo diré que, como todo buen autodidacta, poseo en los conocimientos lagunas tan amplias y profundas que dudo mucho tuvieran solución aunque se me regalara otra vida en la biblioteca de Alejandría. No importa. Jamás busqué instruirme con las páginas de un libro sino devanar la bobina del tiempo amparado por el consuelo que sólo ellos saben darme. Coger un libro al azar, memorizar un párrafo o acariciar el tacto de su portada, me llena de algo que mi impericia en la escritura es incapaz de explicar. Algo parecido a esa especie de felicidad ebria que sentimos cuando por vez primera nos vemos a través de los ojos de la persona que amamos y llegamos a creer que la soledad no es más que una ilusión traicionera.

Una tarde, hace dos o tres semanas, concluida la lectura de El hijo del hijo pródigo (Funambulista) de Soma Morgenstern y leyendo las primeras páginas de Falk. Una remembranza (Navona) del gran Joseph Conrad, llamaron al timbre de la puerta. Era el vecino Javier Vázquez Losada; venía con un ejemplar de su último libro de poesía, Casi sin querer (Ediciones Baile del Sol), y dispuesto a charlar un rato.
En plena conversación, justo cuando me lamentaba por quinta vez de mi sempiterno dolor de huesos, Javier dijo:
−Temisto –Por cierto, mi nombre completo es Temístocles. Temístocles Roncero−, tú lo que tienes que hacer para entretenerte, aparte de leer, es escribir sobre los libros que van saliendo.
−¿Y eso para qué?
−Pues para publicarlo en Otro lunes.
Otro lunes es una revista literaria que sale cada dos meses en eso de Internet. Javier es uno de los que la llevan y siempre anda detrás para que colabore.
−Pero hijo, yo no sé escribir. No lo he hecho nunca.
−Vamos, vamos… si sólo sería comentar algunas novedades editoriales que te hayan interesado. Tú estás muy enterado de todo lo que sale y no te llevará ningún trabajo.
−Tampoco tengo ni idea de los cacharros esos. No sé cómo funcionan.
−Por eso no te preocupes. Me das en un papel lo que escribas y ya nos encargamos nosotros de pasarlo a ordenador. Además recibirías en casa un montón de libros.
−¿Para mí? –pregunté con un atisbo de ilusión.
−Para ti.
Me quedé callado un rato; Javier empezó a reírse y finalmente acepté.

Y así empezó mi andadura como comentador de libros.

Uno de los placeres más intensos a los que tiene acceso el lector es el de hallar entre el marasmo literario algún título o autor del que nada sabíamos. Horas y horas luminosas de gratificante recreo. Una cerveza helada en pleno desierto.
Aunque soy un amante absoluto de los novelistas norteamericanos −para mí los que mejor han sabido renovar el género el pasado siglo−, reconozco que nunca había oído hablar de Richard Yates. Anoche terminé su Vía revolucionaria (Alfaguara); durísima historia, narrada con auténtica maestría, sobre un matrimonio en los años 50 que en ocasiones me recordó demasiado al mío (pero ahora no hablemos de eso). Ya tengo preparada sobre la mesilla Las hermanas Grimes (del mismo autor y editorial). Otra autora que descubro, Janet Frame, por medio de su novela autobiográfica Hacia otro verano (Seix-Barral). Tengo la concepción infantil de asociar el verano con la felicidad y leo todo lo que contenga la hermosa palabra: El bello verano, Pieza de verano, De repente, el último verano


Cambio de estación y devoro literalmente tres libros patrios: La jauría y la niebla (Algaida) de Martín Casariego, El corrector (Seix-Barral) de Ricardo Menéndez Salmón y Los huéspedes (Drakul) de Rubén Sánchez. Narraciones muy dispares en tono y estilo que sin embargo comparten la figura de un escritor, aunque en las dos primeras esto no tiene mucha importancia.
Salto a Salto de Página que acaba de publicar La lista negra, una antología de cuentos policiales de algunos de los mejores cultivadores del género: Juan Aparicio Belmonte, José Ángel Mañas, Domingo Villar, Javier Puebla o Pedro de Paz, entre otros. Y entre cuentos sigue el juego: La ciudad en invierno (Caballo de Troya) de Elvira Navarro; cuatro historias sugerentes que reflejan distintas etapas de la vida de Clara (se llama como Ella, pero ahora no hablemos de eso). Avisos de derrota (Tropo) del oscense Óscar Sipán. Y mención especial merece la cuidadísima edición de los Cuentos de Edgar Allan Poe a cargo de Páginas de Espuma. Una auténtica joya.

Termino hasta la coronilla de leer tantos cuentos y me paso a la novela corta. Mi amigo Mateo, compañero del dominó de los jueves y especialista en literatura clásica, recién jubilado de su puesto de profesor de instituto (eran auténticos delincuentes, se queja) me recomienda Mujeres de principios (Lengua de Trapo); tres novelas entretenidísimas de autoras inglesas del siglo XVII y XVIII.

Y de momento esto es lo que hay. Ahora bajaré a comprar el pan, a dar un paseo por el parque del Oeste y a reunirme con otros viejos que también buscan la caricia del sol o el trasero de la jovencita (a mí edad ya todas lo son). ¡Ah, el sol y las mujeres! ¡Creo que sólo ellos pueden lograr que desvíe la mirada de un buen libro!
Que pases un buen lunes, amigo.


Temístocles Roncero
19 de marzo de 2008


Artículo publicado en la revista Otro lunes.

martes 12 de mayo de 2009

LA MUERTE

La muerte anda probándose los trajes del armario.
La muerte es ese mazo que se cae por sí solo.
La muerte vive en casa desde hace ya algún tiempo.
Hay que gritar a media noche
y encender candelabros para ahuyentar la muerte.
Las tres de la mañana es su hora preferida
para asustar mendigos y burgueses diabéticos.
Yo a las tres me levanto y rompo una ventana
y despido a la muerte, huéspeda que no paga,
para seguir durmiendo,
ahora más vivo que antes,
despierto entre mi sueño, dormido en mi desvelo.

No es que venga a matarnos la muerte vecindona,
sino que se ha instalado cual señora de piso,
prueba nuestras comidas, nos asusta a la gata,
toca un viejo piano que en casa nunca hubo
y se pone pamelas en su cara de muerta.
Es la vieja parienta de todas las familias,
aquella tía soltera que prendía las escobas,
la solterona ilustre, hija de un cuadro al óleo.
Yo me voy a la playa por una temporada,
aconsejo a los perros que coman de la muerta,
que coman de la muerte, de la pariente pobre.
Luego, cuando volvemos, después del veraneo,
de la muerte encontramos un rosario de nácar,
una bolsa de agua, una atroz dentadura
y una carta muy larga adonde se despide.
La muerte, esa solterona,
que no amargue nuestra vida,
ha llegado a destiempo, pero ya un tren lejano
se la lleva rezando y comiendo naranjas.


17-X-2000

Francisco Umbral, Obra poética (1981-2001). Seix-Barral.

lunes 9 de marzo de 2009

PERDONA LA ESPERA

Llevo unas semanas de salir mucho por ahí, de hacer un montón de cosas a pesar de no hacer nada, de chicolear con la luna, de fracasar una y otra vez en mi propósito de tumbarme en el sofá y contemplar la vida a través de un libro o a través de la ventana, a saber, señoras que van y vienen con el carro de la compra como gaviotas sin rumbo fijo, un chico monta en bicicleta y toca el timbre y saluda a un barrendero, parejas que discuten o van cogidas de la mano, alguna intercala besos y caladas a un cigarrillo, y un mendigo, en la esquina del cajero, TENGO SIDA Y MUJER, pide limosna. Toda la fauna, toda la comedia humana al alcance de mi vista, representado su disparatado papel para este palco privado que es mi balcón. Se pueden escribir todas las novelas del mundo conociendo a dos o tres familias, Jane Austen. Se pueden escribir todas las novelas del mundo asomado a dos o tres ventanas/balcones, yo.

Punto y aparte.

He estado muy liado, decía, jugando con intensidad al juego de la oca, pues cada fiesta, cada reunión de amigos, cada excursión, cada cerveza contigo (el jueves otra, ya sabes), es como caer en la oca y avanzar un montón de casillas de golpe, aligerar la partida, montarse en un larguísimo tobogán desde donde vemos pasar todo lo que nos rodea a un ritmo vertiginoso, frenético, algo así como dicen que experimentamos con los momentos de nuestra vida antes de cruzar la calle del siempre, un tobogán que atraviesa paisajes y amores, aulas y andenes, cines y penas, y que nos devuelve intactos a una orilla bajo el sol del bello verano, única meta posible.
Hace unos días caí en una casilla llena de nieve y, bajo mis pies un pequeño recuadro blanco como la piel de la oca, recordé que el año pasado, por estas fechas, en otra partida, llegué a un lugar parecido y decidí escribir con un palo el nombre de una chica (en letra gigante), hacerle una foto y mandársela al móvil. Ahora comprendo que esta mariconada no sirve de nada, la nieve tapa a la nieve y otros nombres tapan a otros, pero entonces me sentí muy satisfecho de hacer esto porque, según dijo ella, ese día se había levantado tristona y se había encontrado con su nombre grabado en la nieve, un dardo de luz en el fondo oscuro de un pozo, y se sintió feliz...

Tiro el dado.

Foto.


Esto fue en otra casilla. Hicimos una fiesta de disfraces (no preguntes de qué iba yo) y el amigo Joaquín se disfrazó de pollo. Joaquín, desde que vive en Madrid, se disfraza de pollo y se pasea por sus calles haciendo pío-pío-pi y moviendo la colita. El tío está encantado de vivir aquí, nadie lo conoce, y puede escenificar el baile del pollo en un vagón de metro, con total tranquilidad, y eso es lo que a él le gusta. Otro día te hablo más a fondo sobre el paisano Joaquín, te cuento sus disparates y cómo nos alegra la vida con ellos.

Ahora vuelvo a tirar el dado y me voy a la facultad y allí espero encontrarte para pedirte perdón por esta espera.

miércoles 4 de febrero de 2009

LOS HUÉSPEDES



Rubén vino anoche a casa para traerme un ejemplar de Los Huéspedes, su primera novela publicada.
−Toma, necesito que la leas, estoy acojonado.

Hace tres años me entregó el manuscrito, y a los pocos días, cuando ya lo había empezado, me llamó por teléfono y me pidió que interrumpiera su lectura.
−Quiero rehacerla de principio a fin.
−Vale –contesté−, espero pronto la nueva versión.


Pasaba el tiempo y nada. A veces, en el transcurso de un paseo o en el pequeño intervalo que hay de una cerveza a otra, le preguntaba por Los Huéspedes. Estoy en ello, era su respuesta, y seguíamos hablando de otros temas como si tal cosa. Ése ha sido un ritual que hemos mantenido durante mucho tiempo, hasta hace unos meses, cuando la novela ya tenía editor y estaba en imprenta y Rubén no paraba de confesarme su malestar.
−Ya sé que por desgracia no va a tener ninguna repercusión, eso es algo con lo que cuento, pero quiero que no defraude, joder, necesito que te guste la novela y digas: Rubén, es cojonuda, que lo digan las tías con las que enrede en ese momento y también que lo diga la familia, aunque no la lean, porque en mi familia nadie lee nada.
Y pedía otra ronda.


El caso es que ayer vino a casa con un ejemplar de la novela, calentita, recién sacada del horno.
−Toma, necesito que la leas, estoy acojonado.
Y después me pidió un bolígrafo y puso en la primera página:


Para mi amigo Lorenzo,
estos huéspedes,
que espero que te gusten
tanto como las cañas,
como las mujeres
con la lengua muy larga
y la falda muy corta;
tanto como la vida,
que festejas siendo tú.

Un abrazo,
siempre

Rubén Sánchez Trigos

Leí la dedicatoria con verdadero espanto.
−Te vas a cargar nuestra amistad –le dije.
−¿Por?
−No te fastidia, esperas que la novela me guste tanto como las cañas o las mujeres, y lo primero podría ser, pero lo segundo es imposible, ni aunque fueras Víctor Hugo.
Risas.
−Ah. Te advierto que la segunda parte decae un poco, te va a gustar algo menos.
−Ya estamos. Al final se jode lo nuestro, ya verás.
−No te preocupes, mi editor dice que ha quedado una novela muy comercial.
−Por favor no sigas.


Manoseé el ejemplar, charlamos un rato, y nos despedimos hasta el viernes:
−Estoy acojonado –volvió a repetir por decimocuarta vez.


Él no lo sabe, pero yo también estaba así. Rubén pertenece al reducido grupo de íntimos, un trozo pan que me sufre día y noche, y temía que nuestra amistad se resintiera. Conoce muy bien mis gustos literarios y sabe que el thriller no es algo que me entusiasme. ¿Por qué narices le ha dado a este tío por escribir una historia con asesinatos, enfermos psíquicos, sucesos paranormales y empresarios capaces de traficar con la muerte, según reza la contraportada? ¿No podía contar algo cotidiano, intimista, sobre un maestro jubilado que sólo pasea y se dedica a reflexionar, a dar de comer a las palomas? No. Rubén tenía que hacer algo trepidante, un tour de force, una narración que te agarre por las solapas en la primera página y ya no las suelte hasta el final, algo tan bien relatado que sus lectores podamos sentir envidia y sólo unos pocos una inmensa emoción, pues conocemos el trabajo y el esfuerzo que le ha llevado.

−¿Me sigues hablando? –me pregunta esta mañana por teléfono.
−¡Enhorabuena! Leí anoche la primera parte y me está encantado.
−Cuando la termines ya veremos.
−No te preocupes, lo vamos a celebrar igualmente. Un abrazo.
−Otro. Estoy acojonado.

No tienes motivos, amigo, no los tienes.


Gonzalo, Rubén y yo el año pasado.